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¿Quién es quién en la selva?

La primera vez que vi a Gabino tuve una agradable y extraña sensación. Le conocí en la Mision Franciscana de Mazamari, donde se encargaba de limpiar las plantas, huerto, matojos del Padre Joaquín, y también de limpiar la Iglesia de los frecuentes excrementos que algunas aves depositan en altar y bancos de feligreses. Es, sin duda, un ser humano, pero es también lo más parecido a un simio que he visto en mi vida. Por su pequeño tamaño, que está entre 1m. 35cm. y 1m. 40cm. Por su cara. La de un viejo simio apergaminado y sonriente. Por su forma de andar, balanceando brazos y piernas y semi encorvado. Pero también por su mirada tierna acompañada casi siempre de una sonrisa. Esto hace que se le tome cariño, (yo le tengo muchísimo), y que cuando digo que si existe el eslabón perdido entre el simio y el hombre, tiene que ser él, lo digo en un tono jovial, jocoso, pero en ningún momento como falta de respeto, pues es un ser humano del que he aprendido muchísimo y al que he llegado a tener un gran cariño. Y desde luego, es bastante diferente a cualquiera de los otros seres humanos que casi todos nosotros hayamos conocido, sobre todo por la vida que ha llevado.

Gabino junto a Ángel García y Amparo Jiménez, durante una comida con Fr. Joaquín Ferrer y las hermanas de la misión

Nació en Huancavelica, y es imposible saber en qué año. Debe rondar los noventa, aunque no es posible saberlo porque sus papeles desaparecieron y él nunca ha estado interesado en recuperarlos, dada su peculiar vida. Parece ser que, cuando tenía diez o doce años, allá en la chacra donde vivía, en plena selva, harto de ver las brutales palizas que su padre, casi siempre borracho, propinaba a su madre, agarró un palo, y le dio tal paliza a su padre, que le dejó ciego. Huyó de casa, y desde entonces, (han pasado entre setenta y ochenta años), ha vivido deambulando por la inmensa selva peruana, en una azarosa vida que le ha hecho aprender más cosas de la selva que podría conocer un gran y estudioso científico especializado. Llegó a casarse, y a ver como mujer y algunos de sus hijos morían de anemia. Los otros..., bueno, más o menos están al tanto de él, dentro de muchas limitaciones.

A avanzada edad, quizá hace diez o quince años, las monjas de Mazamari lo acogieron y contrataron para que cuidara de su huerto, y de ahí ha pasado a hacerlo también para el Padre Joaquín, quien le mima y le cuida como a un crío más. A pesar de su edad, es una “hormiguita” trabajando, eso sí, siempre que tenga su ración de coca para masticar, algo casi imprescindible en la zona.

Poder hablar y aprender con él ha sido uno de los mayores atractivos que he tenido en el tiempo en que viví allí, por lo interesantísimo de sus relatos. El problema es que él habla la lengua quechua, y muy poco de castellano, pero cuando dos personas quieren entenderse, dicen más las palabras del corazón que las de los labios. Además, en ocasiones me ayudaban a traducir sus historias, algunas interesantes y curiosísimas, y que servían de comentario para fomentar mi curiosidad y mis conocimientos. Una vez, en una comida con varias personas, estábamos hablando de particularidades de la región de cada uno de los presentes. Entre nosotros estaba, como casi siempre, Gabino. Al hablar de las distintas regiones, el Padre Joaquín me dice:

“Dile a Gabino que te cuente lo del lago encantado de Huancavelica, que es de donde es él”.
Trato de sonsacarle a Gabino, que como dije anteriormente es un pozo de sabiduría, y en su mal castellano, que a veces necesita del Padre como intérprete, me dice que, en efecto, como todo el mundo sabe, y los presentes me corroboran que es cierto, en Huancavelica está la laguna Cucha, que la llaman el lago encantado. Según me cuenta, cuando se pasa por su orilla hay que hacerlo en silencio o por lo menos con voz muy bajita, pues cuando se levanta la voz, y no digamos si alguien grita, las aguas comienzan a hervir, sube el nivel del lago y si estás en la orilla te engulle o te puede engullir.

Yo me extraño y recelo de ese tema, y entonces me comenta que en la región de Ovenieni, está el Gran Pajonal, en donde habitualmente apenas llueve, pero que si gritas, empieza a llover durante varios segundos al menos. Naturalmente, yo pongo todo eso en duda, pero todos se asombran de mi ignorancia y aseguran que el equivocado soy yo.

El entrañable Gabino, en la misión franciscana de Mazamari

Como dice uno de los contertulios, es como si yo, a una tribu recóndita de un rincón de África, en donde no conocen ni la luz eléctrica, que aún las hay, tratara de explicarla que en mi país yo tengo un aparato llamado televisor, en el que apretando un botón, puedo ver un partido de fútbol que se está jugando en la otra parte del mundo. Yo sé que es cierto, y más o menos podría darles una explicación, pero ellos creerían que estaba tratando de engañarles. Sé que de los dos, los equivocados son ellos, pues tengo la certeza de lo que digo, pero no me creen. En el caso de las misteriosas cosas de la selva, que son muchas, mis costumbres y cultura me impiden creer gran parte de ellas, pero me miran con cara de sentir lástima de mí por ser, según ellos, un pobre ignorante.

¿Donde está la verdad? En España y en mi entorno, nadie me creería. Aquí,...no se. Realmente es otro mundo completamente distinto que hay que conocer para poder opinar. Juzgar, jamás.

De las historias más curiosas que me contó, hubo una que llegó a impresionarme, y a hacerme pensar hasta hoy, reflexionando sobre la filosofía de algunas tribus que nosotros llamaríamos “primitivas”. Cuenta que hace tantos años que no recuerda ni dónde fue, al llegar en sus errantes andanzas a un lugar de la selva amazónica, vio una especie de pueblo con un camino a la derecha, flanqueado por piedras blancas como invitándole a entrar. Las piedras estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Y puso los ojos en una de ellas. Tenía una inscripción que decía así:

“Guizela Aramburu; vivió 5 años, 3 meses, 2 semanas y 2 días”.

Se quedó algo impresionado al darse cuenta de que aquella piedra no era solamente eso; era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba allí, enterrado. Giró su cabeza hacia la derecha y vio otra piedra con su inscripción:

“Rufino Cushi, vivió 6 años, 5 meses, 3 semanas y 3 días”.

Gabino quedó emocionado; aquel hermoso lugar era un cementerio en el que en cada lápida ponía el nombre y el tiempo de vida exacto del muerto. Y lo que más le impresionó fue el comprobar que el que más tiempo había vivido no sobrepasaba apenas los diez años. Le entró tristeza, se sentó y se puso a llorar. Al momento, un anciano chamán, que quizá cuidaba el cementerio, se le acercó, preguntándole si lloraba por algún familiar.
“No - contestó Gabino-, es que me entristece la maldición que debe tener este lugar que les ha obligado a construir un cementerio solo de niños...”

El anciano le dijo: “Serénese usted. No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Cuando un hombre cumple quince años, sus padres le regalan una libreta como la que yo tengo aquí, para que la cuelgue al cuello. A partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota: ‘A la izquierda, qué fue lo disfrutado. A la derecha, cuanto tiempo duró el gozo’.

Conoció a su novia y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme? ¿Una semana? ¿Dos meses? Y después la emoción del primer beso, su placer maravilloso. ¿Cuánto duró? ¿Un minuto? ¿Dos días? ¿Y el nacimiento de su primer hijo...? ¿Y la boda de los amigos? ¿Y el encuentro con el hermano que viene de un país lejano…? ¿Cuánto tiempo duró el disfrutar de estas situaciones...? ¿Horas? ¿Días? Así vamos anotando en la libreta cada momento que vamos disfrutando.... Cada momento.”

“Cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta, y sumar el tiempo de lo disfrutado para escribirlo sobre su tumba. Porque ese es para nosotros el único y verdadero TIEMPO VIVIDO.”

No supo Gabino decirme en que lugar de la amplia y recóndita selva le había sucedido esto. Habían pasado muchos años y, aunque había olvidado el lugar, no había olvidado la anécdota, que le impresionó. Como yo tampoco la he olvidado, y tal y como me la contó, la cuento. Una lección más de mi maestro en la selva. Seguramente la última, porque pocos días después, finalizada nuestra misión en Mazamari, y reclamados por nuestros hijos y nietos, debíamos regresar a España. Ese día, cuando vino el taxi que nos debía de llevar a Lima para coger el avión, caía un agua de mil diablos, tal y como habría elegido un director de cine para filmar una escena tan triste. Y mientras metíamos las maletas en el taxi, bajo la lluvia, Gabino, que pese a ser las seis de la mañana, estaba allí, a nuestro lado, calado hasta los huesos, nos miraba, y no hablaba nada. Tan solo decía, con expresión triste y mirando a mi mujer: “¿Por qué, señora...? ¿Por qué...? “Ni una palabra más. Su cara estaba empapada de agua, pero entre las gotas de agua de la cara yo hubiera jurado que descubrí alguna lágrima que se mezclaba con la lluvia. No quise que a mí me sucediese lo mismo y entré en el coche, dándole al taxista la orden de salir. Así lo hicimos; sin querer mirar hacia atrás.

Fue la última vez que vi a Gabino, mi gran maestro. Sé que, como todo ser vivo, y por muy apergaminado que esté, algún día desaparecerá. Ese día, con él, y aunque no figure en ninguna Biblioteca, desgraciadamente habrá desaparecido una de las mayores Enciclopedias de la Selva Amazónica..

Ángel García Casado