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Trabajar en una ONGD implica una acción. Esta acción supone, según los casos y el grado de compromiso, realizar una aportación económica, colaborar en campañas de ayuda o participar directamente en la gestión de alguna de las áreas que la componen. Si la acción es expresión de nuestra sensibilidad con los más débiles, esta sensibilidad surge de una actitud o conjunto de actitudes que podríamos denominar “pasivas”, tales como la escucha, la receptividad, la sensibilidad, la empatía, la humildad. ¿Podemos darnos cuenta del estado de inconsciencia al que nos veríamos abocados en el supuesto de que prescindiésemos de este paso previo a nuestra acción solidaria? Podemos decir que la gente se “pone en marcha” en organizaciones de corte solidario porque previamente ha habido una sensibilización que le ha llevado a replantearse su situación global en confrontación con la situación global de otra mucha gente. Pero, ¿se toma en suficiente consideración este punto? ¿es, en primer y en último término, el dolor por los más desfavorecidos lo que nos mueve a este compromiso? No es difícil encontrar casos de personas que acuden a estas organizaciones con muy diversas motivaciones: unas con el fin de autorrealizarse; otras por contagio de terceras personas que, o bien les han ayudado a encontrar un sentido a su vida, o bien les han proporcionado una válvula de escape a situaciones personales duras; otras, porque tal o cual persona amiga trabaja con sectores marginados y eso les impulsa a estar cerca de ella echándole una mano a través de la organización montada a este efecto. Y los pobres, ¿qué es de ellos?, ¿dónde quedan?, ¿de verdad son objeto fundamental de nuestro compromiso? Creemos que no está de sobra plantearse estas cuestiones de vez en cuando, es más, creemos que es sano y necesario preguntárselo con relativa frecuencia. Corremos el riesgo de despistarnos del sentido más básico y fundamental de nuestra vinculación a una organización con fines solidarios, y es una circunstancia que difícilmente nos podemos permitir, pues ahí se debate el ser o no ser de la misma. Y si las actitudes “pasivas” son importantes, lo son porque dan credibilidad a las “activas”, que podemos identificar con los nombres de solidaridad, dinamismo, entrega, ayuda, compromiso… Ponerse al nivel del otro, tratar de sentir lo que el otro siente, sufrir con el otro, ¿no es acaso más importante que toda la intervención social que se pueda llevar a cabo? Dicho de otro modo, ¿puedo ayudar a construir una casa, o puedo enseñar matemáticas, o puedo recetar medicamentos sin conocer mínimamente a quien tengo ante a mí?, ¿puedo ser solidario sin hacerme cargo de la realidad del otro? Este creemos que constituye uno de los grandes desafíos para organizaciones como la nuestra. Acostumbrados a planificar campañas, a organizar voluntariados, a intervenir en la realidad concreta, podemos encontrarnos con que este trabajo se ha llevado perfectamente, pero ¿nos hemos dejado afectar por la historia y la realidad de las personas con las que hemos trabajado? Esto adquiere especial relevancia en el caso de las personas voluntarias que marchan a los lugares concretos de marginación. ¿Es lo fundamental el trabajo que se va a realizar, lo que se va a aportar, a enseñar? ¿No será acaso lo más importante crear lazos de “simpatía”, esto es, de “padecer con” los otros? ¿no es esto, en definitiva, lo que nos hace descender de nuestro papel de salvadores y nos sitúa en el terreno del gozo y del dolor, en el que todos tenemos algo que aprender y que aportar? Si bien las programaciones, las actitudes “activas” son importantes, consideramos que las actitudes “pasivas” resultan decisivas. Al final, Jesús de Nazaret tendrá razón una vez más: “a los pobres los tendréis siempre con vosotros” (Mt 26,7). Esto es obvio. Lo que no es obvio es que a esos pobres, les sepamos acoger, no tanto profesionalmente, cuanto cordialmente. Mejor, no es obvio que nosotros nos dejemos acoger y ayudar cordialmente por ellos.
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