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Aquella calurosa mañana de Domingo, estábamos Amparo, mi mujer, y yo, sentados en un lugar de Mazamari de los pocos en los que puedes tomarte una cerveza fresquita, algo que apetecía mucho en aquellos momentos. No sabría si al lugar debo llamarle bar, chiringuito, kiosko, porque era una mezcla de todas esas cosas y alguna más; pero lo cierto es que en una mesita con unas sillas al exterior, pudimos sentarnos y refrescarnos dentro de lo posible.

Pasaron por nuestro lado dos ancianas mujeres de las que al principio de nuestra estancia en la selva, nos hubiesen llamado poderosamente la atención por su vestimenta y aspecto, pero de las que ya estábamos tan acostumbrados que apenas las miramos, y eso que su vestimenta era bastante diferente a las que estábamos acostumbrados a ver cada día. Iban cargadas con grandes bolsas a sus espaldas; bolsas formadas por esas mantas de colores, típicas del Perú, pero que se notaba que abultaban y pesaban. Se acercan a nosotros y nos ofrecen su mercancía. Van tratando de vender objetos de artesanía, collares, pulseras, sombreros, etc., de los que hacen en la selva las mujeres para sacar algún sol con el que sobrevivir, y al verlas muy mayores y con aspecto de cansadas, las invito a que se sienten con nosotros y que tomen algo. Lo hacen y piden “una gaseosita”, que es como aquí denominan a cualquiera de las mil bebidas espumosas que hay; Coca-Cola, Pepsi-Cola, Inca-Cola, y más de cincuenta desconocidas más. Observo que aunque su aspecto físico es similar al de cualquiera de las mujeres nativas que me rodean habitualmente, su vestimenta no es exactamente igual. Os explicaré.

En la selva alta, que es donde estamos, las mujeres nativas, que suelen ser ashánicas, visten con la cushma, que es una túnica de algodón que ellas mismas cultivan, tejen y tiñen, y que es lo más sencillo del mundo. Eventualmente la añaden algún adorno de simientes o una pequeña piel de animal, la cola o algo así..

Estas mujeres llevaban una vestimenta diferente , que mi mujer seguramente describiría mejor que yo. Una blusa de volantes y una falda de algodón tejido con dibujos artesanales, que dentro de mi ignorancia sobre el tema, creo que debió de costar muchas horas de hacer. El caso es que las pregunté si entre sus objetos a vender tenían cushmas, y me dijeron:

- No. Eso las ashánicas. Nosotras somos charapas.

- ¿Charapas...?.¿Y eso que es...?

- Que somos de Pucalpa.

- ¡Pero eso está muy lejos! -dije yo-, que aunque ignorante empiezo a conocer algo de la geografía peruana.

- Sí, hay que ir hasta..., y luego seguir hasta..., y pasar a...tres días de camino.

- ¡Tres días de camino...! ¿Y dónde comen? ¿Y dónde duermen? ¿Y por qué lo hacen...?

Mis preguntas eran tontas. Comían y dormían donde podían, o no comían, y lo hacían para sacar algún sol para ayudar a su comunidad. Allí trabajan todos para todos. El Jefe de la Comunidad las enviaba; no podían salir sin su permiso y tenían que regresar determinado día. No más. Ninguna mujer mueve un paso sin permiso del Jefe de la Comunidad. Y así en todas las Comunidades (igualíto que en España...). Me dio pena que unas mujeres aparentemente tan mayores, unas ancianas en su aspecto, llevasen esa vida. Amparo, en su conversación las confesó su nombre y edad y las preguntó el suyo. Se llamaban Jacinta y Ana y tenían... ¡46 años y 52 años...!. ¡Y parecían dos ancianas...! El Sol, el clima o la comida, pero lo cierto es que la gente envejece mucho antes que nosotros...

Seguimos un rato de conversación, y acordamos vernos unos días después en las próximas fiestas de Mazamari a donde volverían para tratar de vender más cosas. Una de ellas regaló a Amparo una pulsera, y otra me la regaló a mí. Es una tira de algodón de diversos colores de lo más artesanal y primitivo, sin broches ni botonaduras ni nada artificial, que me puse enseguida y llevé durante algún tiempo, pero que después , pese al cariño que la tenía, me la quité pues no me gustan los abalorios.

Al llegar a casa me tomé la molestia de buscar en el mapa que tengo del Perú, donde estaba Pucalpa, y el modo de llegar hasta Mazamari. Me asusté. Pucalpa está en la provincia de Ucayali, dos provincias más lejanas a la de Junín que es la que estamos… Aquí no se puede contar con carreteras. Se coge la canoa en el río Ucayali. Se baja por él dos días aproximadamente y luego derivas hacia los ríos Tambo primero, y Ene después, que te acercan a lugares en donde ya puedes caminar a pie para llegar a Satipo, y posteriormente a Mazamari. Mínimo dos días de canoa y uno de andar. Toda un gran aventura para vender sus productos de artesanía, que a su vez, llevan montones de horas de trabajo. Luego, comer donde puedan y dormir donde las dejen. Y después, seguramente sus productos nos parecerán caros.

Los charapas ríen de cualquier cosa, y de cualquier cosa hacen burla. Tienen fama de ser los eternos graciosos del Perú, y aquí me los comparan con el clásico gracioso andaluz, siempre de broma. Van descalzos y descalzos hacen jornadas larguísimas, y tienen tal habilidad en sus curtidos pies, que jamás se agachan a coger algo del suelo. Si les cae un lápiz, una goma, o una moneda, lo cogen del suelo sin agacharse, siempre con los dedos de los pies, y siempre riéndose con ese buen humor que les caracteriza.

Y yo me pregunto. Si tienen que hacer jornadas larguísimas, y encima tienen que ir siempre descalzos, ¿cómo demonios tienen ganas de reírse...?

Ángel García Casado