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El pasado número nos referíamos en nuestra sección de noticias al viaje realizado por José Antonio Jordá, Ministro Provincial de los Franciscanos de Valencia, a nuestros misioneros del Perú en el verano de 2007. En este número hemos querido acercarnos a él, y preguntarle directamente por este viaje, así como por su experiencia de la selva peruana, de la que tiene conocimiento en viajes anteriores.


La Provincia Franciscana de Valencia, Aragón y Baleares ha estado vinculada al Vicariato desde hace bastantes décadas, ¿qué sentido tiene continuar sosteniendo a día de hoy esta misión, cuando en España los frailes van experimentando una reducción numérica importante?

Efectivamente, la Provincia ha estado vinculada al Vicariato. No en vano, el fundador de la capital, Requena, fue el franciscano de nuestra Provincia, fray Agustín López Pardo.

José Antonio Jordá (primero por la derecha), junto a José Ramón Palací, Joaquín Ferrer y José Pascual en la iglesia de la misión de Mazamari

La vinculación más estrecha viene desde hace casi cuarenta años, cuando vino a la Provincia Monseñor Odorico, el entonces obispo de Requena, habló a los estudiantes, les entusiasmó y al poco tiempo se marcharon cuatro. Estaban a punto de terminar los estudios teológicos, y cuando se ordenaron, viajaron al Perú fray Jesús Carballo y fray José Ramón Palací; unos años más tarde marchó fray Joaquín Ferrer, y luego han completado este elenco fray Faustino Zapico y fray Antonio Soriano. En el año 2004, el nombramiento de fray Juan Oliver como obispo del Vicariato nos vincula todavía más a aquel pueblo de Dios.

También quiero decir que la vinculación es de tipo moral porque, jurídicamente, el Vicariato no nos pertenece a nosotros, sino a la Provincia Franciscana de San Francisco Solano del Perú. De hecho, nosotros somos los que estamos allí como entidad, junto con dos frailes de California (U.S.A.), uno de Granada y dos curas seculares, aunque creo que ahora queda uno, pues el otro ha enfermado y ha tenido que marchar. También hay varias comunidades religiosas misioneras y una comunidad de hermanos de La Salle.

Siempre hemos considerado aquella misión como una dimensión de nuestra Provincia, incluso el último Capítulo Provincial subrayó la importancia de nuestra presencia en las misiones del Perú.

Tú has tenido la oportunidad de viajar al Perú en varias ocasiones. ¿Cuál crees que es el atractivo que puede tener para una persona de occidente dejar su vida cómoda y fácil y viajar a un lugar poco amable desde un punto de vista climatológico, sanitario, alimentario…?

Atractivo tiene poco, al margen de ver la selva peruana que es inmensa, porque eso, en una semana lo has visto. Allí no se puede ir para vivir mejor, sino que hay que ir para vivir una vocación misionera, en la que abandonas tu patria, tu familia, tus seguridades, que en esta vida son importantes, y te lanzas a esa aventura por causa del Reino. Lo que ocurre es que allí hay mucho trabajo para hacer: el Vicariato tiene una extensión como toda Andalucía y sólo hay diez sacerdotes. Si quieres trabajar de una forma social, pastoral, etc., el campo es enorme y tienes todas las posibilidades para hacerlo.

José Antonio Jordá junto a Fr. Florencio, de la misión de Flor de Punga, cruzando los Andes, camino de Lima

Aquello esta abandonado no de Dios, sino del Estado. No son muchos los habitantes que hay, pero nos encontramos ante un país poco desarrollado, con escasos recursos económicos, y desde la educación a la sanidad, pasando por las infraestructuras, nos encontramos con un abandono enorme por parte del Estado. Son la Iglesia y contadas ONGD’s quienes tratan de cubrir un aspecto que corresponde claramente al Estado. En la enseñanza hay mucho por hacer, y no digamos en la sanidad, que está todo prácticamente por hacer. También la dimensión religiosa tiene su importancia, pues no debemos olvidar el papel, en muchos casos nocivo, que están desarrollando las sectas.

Muchas personas que han convivido con comunidades de personas en una situación precaria suelen decir aquello de “se recibe más que se da”. En tus viajes precedentes al de este verano, ¿puedes decir que recibiste más que diste? ¿Qué recibiste de las gentes del Perú?

Bueno, yo recibí muchas cosas del Perú, lo que yo di no lo puedo valorar. Una de las cosas que es importante es que allí el ritmo de vida es diferente: no hay prisas, el tiempo no corre como aquí. Por ejemplo: para recorrer unos 500 kilómetros me costó dos días y dos noches en lancha, cosa inconcebible para nosotros. Ante el estrés de esta vida nuestra occidental, la de allí es otra cosa. Me ocurrió una anécdota curiosa que suelo contar cuando visitaba un caserío, porque aquellos núcleos son eso, caseríos, no poblados: al haber tantos caseríos dispersos programábamos para cada domingo visitar cuatro o cinco de ellos, partiendo desde Jenaro Herrera. Al ser domingo, la gente no trabaja, tal como sucede aquí, pero como allí es todo tan limitado, estaban todos tumbados en la hamaca. Ibas con una cierta urgencia para cumplir con el plan previamente programado. Se tocaba la campana, el cencerro o se gritaba para convocar a la gente, según los medios de que dispusiese el caserío: habría un grupo de 100 o 150 personas, y al llamarles te decían: “Ahora padrecito”, y permanecían en sus hamacas tranquilamente recostados. Yo les urgía:

- pero vamos, que hay que celebrar la misa.

Ellos te respondían:

- “Ahora mismito, padrecito”.

A la tercera vez, iba a avisarles levantando la voz un poco más, y lo que obtenía por respuesta era lo siguiente:

- “No se enoje, padrecito, que mañana también sale el sol”.

Esta es la realidad de allí. Los tiempos cuentan de otra manera. Hay que tener en cuenta que allí no pueden guardar nada, pues no disponen de luz eléctrica de manera permanente en muchos lugares, y eso les hace vivir al día. Van a pescar de buena mañana: si tienen suerte y en media hora o una hora han recogido el pescado del día, no tienen necesidad de continuar pescando; si van a la chacra, como no puedes producir más para el comercio, recogen lo poco que tienen allí y, a lo mejor, en un par de horas han acabado toda su tarea. No hay acumulación, y toman lo estrictamente necesario para el día. No tienen más que la radio, alguno la televisión, si es que tienen generador de electricidad. Los ritmos son distintos.

También es importante tener en cuenta una circunstancia que me mostró uno de nuestros misioneros, José Ramón Palací: cuando venía a España se extrañaba de la cantidad de cacharros inútiles que tenemos en las casas. Allí, las casas son tipo palafito, y tienen dentro cuatro cosas, sin armarios, cocinas, etc. Vivir con lo necesario, por tanto, es otra de las enseñanzas que uno recibe al ir a allá.

Tampoco es que aquello sea el paraíso terrenal. Aquello es duro: la comida es escasa y a veces se pasa hambre, la sanidad está muy mal: apenas hay hospitales y médicos, y la poca infraestructura que hay es muy deficitaria; el calor y la humedad es sofocante, lo que te deja sin ganas de trabajar. Por eso, uno no va allí a disfrutar.

Recuerdo allí un barco norteamericano de lujo que iba provisto de todo tipo de comodidades, y paseaban por allí a sus pasajeros sin que los mosquitos y el calor les afectase. Nada tiene que ver con lo que la gente de la selva vive en el día a día.

¿Qué sufrimientos y satisfacciones te produjo tu experiencia en la selva peruana?

Yo fui allí como misionero eventual a suplir a unos compañeros para que la presencia del sacerdote continuara, pues la figura del misionero es importante ya que ante dificultades fuertes, ellos permanecen, los demás desaparecen, incluso miembros de las ONGD’s. Por eso, su presencia es una garantía no únicamente en el terreno de la fe sino en otros ámbitos. En este contexto, yo no iba a salvar al mundo, sino a hacer una suplencia lo más digna posible, y claro que tienes satisfacciones: ver cómo la gente está hambrienta de la palabra de Dios, cómo las iglesias se llenan, ver cómo los jóvenes son agradecidos y responden a las convocatorias. También tienen sus debilidades, pero ellos tienen en gran valor al misionero que ha estado allí toda la vida, pues saben que cuentan con él en todo momento.

¿Qué pedagogías sociales habría que desarrollar en aquella realidad para que se potenciase la dignidad de las personas y se salvaguardase la idiosincrasia de su cultura?

Bueno, ese proyecto utópico que dice que no hay que ir allí para no “contaminar”, yo lo desecho, pues ellos están “contaminados” en todos los sentidos. Quiero decir con esto lo siguiente: que las personas que viven allí no son los indios que viven en su mundo, sino que la mayor parte de la gente es mestiza, aunque algunos viven todavía en sus tribus. En este proceso hay que tener en cuenta el impacto de la explotación del caucho durante el siglo pasado, que supuso la llegada de una avalancha de gente europea a la selva. Esta circunstancia provocó el proceso de mestizaje, además de muchas enfermedades y vicios junto con alguna virtud. Ese ideal del indio aislado y solo, que no tiene enfermedades, no se produce allí. Ejemplo: la coca cola, el winston está por todo los sitios, el turismo sexual también es una realidad, sobre todo en Iquitos. Sí que he visto alguna tribu que trata de alejarse de esta realidad. Pero los que viven al margen de los ríos, sí que están influidos por otras culturas, como la occidental.

Lo que allí resulta frecuente es que si alguien tiene algo de dinero, se compran un aparato enorme de radio para no sintonizar prácticamente ninguna emisora, y además va con pilas, de modo que cuando se han gastado, ya no funciona.

José Antonio Jordá junto a José Ramón Palací, en su visita a Orellana.

¿Cómo encontraste a los misioneros?

A los misioneros los vi muy bien de ánimo y de salud, pero muy realistas: dos tienen más de setenta años, otros dos van entrando en edad. En conversación con Juan Oliver, comentaba que no hay vocaciones en Europa ni en la Provincia, sabe que será cada vez más difícil enviar a alguien allí. Por otra parte, es difícil confiar en los nativos de allí, por la necesidad tan grande que han pasado, y porque cuando tienen algo a su alcance lo suelen tomar. El concepto de propiedad privada que tenemos aquí ellos lo interpretan de otra manera, y eso ocasiona problemas a los misioneros, ya que se han encontrado con casos de personas que han abusado de fondos o material que el misionero tenía para desarrollar algún proyecto. Hay una tendencia a apropiarse de lo ajeno, y en ello, los alcaldes son los primeros. Por ejemplo: un alcalde, en periodo electoral, fletó un barco con setecientas personas para que viniesen a votarle a su pueblo. Esto le supuso pagar el pasaje, la estancia en el pueblo, darles alguna contraprestación, y devolverlos a sus lugares de origen. El gasto fue inmenso, y el dinero que tenía para el ayuntamiento se le fue ahí, y luego no hacen nada en beneficio del pueblo. Un dato muy significativo es que un gran número de alcaldes estaba en la cárcel por este tipo de prácticas. Y esa es la realidad que hay.

Un periodista que me hizo una entrevista en Perú me preguntaba cómo había visto el país después de diez años. Mi respuesta fue: “exactamente igual como lo dejé”. Lo que supone que se van distanciando del resto del mundo que progresa: lo que ves es alguna casa más de ladrillo y poco más. Perú no progresa como progresa el resto del mundo.

Como Ministro Provincial tienes conocimiento de la ONGD HESED-PERÚ, de su puesta en marcha y de su evolución en estos años de rodaje. ¿Qué vinculación o compromiso tiene la Provincia Franciscana con la ONGD?

Nosotros entendemos que la ONGD nació desde la Provincia, sobre todo de la mano de Juan Oliver, y nosotros la apoyamos, pero entiendo que tiene su autonomía, su línea de actuación, que no ha de estar condicionada por nosotros, sino apoyada por nosotros. De hecho, varios religiosos forman parte de la junta directiva por vocación propia y por encargo de la Provincia.

La miramos con mucha simpatía y afecto y la apoyamos. De hecho, tenía la sede en Valencia y ahora está en Carcaixent por una serie de circunstancias, pero nos sentimos comprometidos y apoyamos a la ONGD HESED-Perú al cien por cien.

¿Qué papel pueden desempeñar los laicos en los proyectos de misión y de desarrollo que llevan a cabo nuestros misioneros?

Creo que los laicos cada vez van a tener más importancia. Es cierto que no tienen la misma disponibilidad que los religiosos porque tienen que velar por sus familias. Pero nos encontramos con casos de personas que han destinado uno o dos años de su vida a las misiones. La labor que pueden hacer es importante a nivel de sanidad, de educación y de formación religiosa. El compromiso personal de presencia temporal o definitiva es muy importante, dada la poca presencia de religiosos y religiosas que hay actualmente. Creo que el futuro pasa evidentemente por los laicos, y por la potenciación de las ONGD’s que sirven de ayuda a nivel económico con sus proyectos, y a nivel de personal, dado que todos los años suelen ir diversas personas profesionales a colaborar.

¿Algún mensaje final para nuestros lectores?

Diría a todos los lectores que esta ONGD es fiable al cien por cien, y no digo que otras no lo sean. Pero todos sabemos que han habido muchas campañas de desprestigio porque se han dado situaciones irregulares en algunas ONGD’s (en todo cuerpo siempre puede haber un cuerpo extraño). Pero en Hesed-Perú todo el personal es voluntario, el cien por cien de lo que se recauda va destinado al Perú, los viajes al Perú se los paga cada cual, y cuenta con una contraparte totalmente fiable (nuestros misioneros y misioneras) que controla y vigila todo al cien por cien.

También animaría a la gente a colaborar, porque necesitan nuestra ayuda, ya que es mucho lo que queda por hacer.

Agradecemos a José Antonio sus palabras iluminadoras sobre la realidad de nuestros misioneros y de la vida de las personas de la selva peruana, así como su apoyo manifestado a Hesed-Perú en nombre propio y de la Provincia. También nosotros deseamos que este compromiso mutuo se vaya enriqueciendo cada vez más y que juntos, obtengamos los frutos deseados.