46158

LOS NIÑOS HUÉRFANOS, VICTIMAS DEL TERRORISMO

El año 2003 lo pasé en Mazamari, selva alta del Perú, dando clases a los alumnos matriculados en la Aldea del niño Junípero Serra, obra del Padre Franciscano Joaquín Ferrer, en donde según me contaban, había 500 niños, de ellos 250 huérfanos. Por lo tanto, sabía más o menos, con lo que me iba a encontrar, pero no hasta que punto me iba a afectar y lo mucho que con alguno de ellos he aprendido; yo, que iba a enseñar. Ya había terminado, aparentemente, lo que llamaron “el tiempo del miedo”. La década del 80 y mitad del 90, tiempo durante el que el grupo terrorista Sendero Luminoso dejó más de 43.000 huérfanos.

Naturalmente, entre mi grupo de alumnos (yo tenía 160), había varios huérfanos víctimas del pasado terrorismo, aunque no supe durante bastante tiempo quiénes lo eran y quiénes no. Y me sucedieron anécdotas, que años después, aún no he podido olvidar. La primera de ellas, no la más importante pero sí la primera, fue con uno de mis alumnos, Esteban Canayo. Era un chico nativo, muy serio, introvertido, muy reservado, al que durante las primeras semanas no lograba sacarle una palabra. La cosa no me alarmaba porque al principio de mi estancia, había varios así. Un domingo, visitando como hacíamos frecuentemente mi mujer y yo, las aldeas y chacras de los nativos más o menos cercanas, se me acercó uno de ellos y me dijo:

- ¿Usted es el profesor Ángel...? Mi hijo es un alumno suyo. Esteban Canayo. ¿Qué tal va...? ¿Cómo se comporta...?

El hombre se interesó por el chico como cualquier padre haría, y mantuvimos un buen rato de agradable conversación. Al día siguiente veo a Esteban en el colegio, y con mi mejor voluntad, tratando de acercarme a él y sacarle algunas palabras, le digo:

- Ayer estuve con tu padre. Es un tío estupendo. Se interesó mucho por ti, y yo le dije que también tú eras estupendo. Tienes un padre fenomenal…

Me estaba mirando con cara casi de odio. No me dejó terminar la frase; dio media vuelta y echó a correr. Naturalmente, no entendí la reacción, y tampoco supe cómo reaccionar. Comentándolo después con un compañero, me dijo:

- Ese señor con el que hablaste no es su padre. A su padre lo mataron los terroristas de Sendero Luminoso delante de él. Le obligaron a presenciarlo. Este señor que habló contigo es el que lo recogió y cuida de él como un padre, pero Esteban no puede olvidar al suyo y lo que presenció.

Me sentí incómodo y arrepentido y me prometí que trataría en el futuro de no tocar el tema para no herir sensibilidades. Y así procuré hacerlo.

Edith Meza es una alumna mía encantadora. Tenía trece años cuando era mi alumna, y supongo que hoy será una preciosa señorita de dieciséis. Nos pidió a mi mujer y a mí que fuéramos sus padrinos de bautizo y comunión, y así lo hicimos con sumo gusto. Al tramitar sus papeles, observo que su nombre y apellidos no corresponden con “Edith Meza”, que es como yo la conocía. Pido que se me informe y me cuentan.

Sus padres, que eran profesores, estaban en una reunión de maestros cuando entraron los terroristas, ametrallaron a todos los presentes, y todos murieron. Como sabéis, las madres llevan a sus bebes en la espalda envueltos con una especie de manta que los sujeta y facilita su transporte. Al llegar el ejército después del masivo asesinato, uno de los soldados oyó el llanto de un niño entre tanto cadáver. Se acercó y vio que un bebé, que no era otro sino mi querida Edith, estaba llorando dentro de su manta junto a su madre muerta. La recogió y hoy vive con los señores que yo conocí como “sus padres”.

A pesar del tiempo transcurrido desde que fue mi alumna, Edith cuando tiene dinero suficiente, que son pocas veces, nos llama por teléfono y nos cuenta sus cosas, sus problemas, sus inquietudes... Si no lo tiene, nos pone un e-mail, que es más frío, pero que hace que nuestra excelente relación no muera. El día de la Madre llama por teléfono a mi mujer, la dice cosas entrañables, la lee poesías que la dedica como a una Madre.... No es una huerfanita más. Tiene a sus padres adoptivos del Perú, y nos tiene a nosotros. Y ambos tenemos un contacto casi frecuente del que me siento orgulloso, porque es una niña modelo de sencillez y formalidad.

Otro de mis mejores alumnos era Hermías Delgado. Era un poco “líder” y sus compañeros le eligieron “alcalde”, que equivalía a nuestros “Delegado de Curso” Me llamó la atención que siempre, por mucho calor que hiciese, llevaba la camisa puesta e incluso el cuello levantado, hasta para jugar al fútbol. Y para jugar a las tres de la tarde, con pleno calor y la camisa puesta, hacía falta una razón especial. Y la había, como averigüé después.

Al igual que otros compañeros, sus padres fueron asesinados a machetazos delante de él. De un golpe de machete en el cuello, murió su padre; de otro, murió su madre, y a él, a pesar de su corta edad, le propinaron otro en el cuello del que no murió pero del que aún conserva una horrible cicatriz que siempre pretende ocultar.

¿Qué pueden pensar estos niños, hoy jovencitos adolescentes...? ¿Quién les va a decir a los huérfanos por qué murió su padre? ¿Quién les vas a decir a las viudas porqué murió su marido? Estos niños han crecido en una época en que el terrorismo le pierde el respeto al Gobierno, el Gobierno le pierde el respeto a las fuerzas Armadas y Policiales; todo un círculo vicioso. Crece la zozobra, el caos..., y ya no se guardan respetos. Eso no puede seguir así... Por eso, aunque nunca hablé del tema terrorismo con ninguno de mis alumnos, con Hermías, que como dije era un poco líder, sí hablé alguna vez. De eso y de muchas cosas que no eran tema de mi asignatura, pero sí de la adecuada formación de un ser humano. Mi mujer me decía que me metía en temas que no debía, que no era mi asignatura, pero yo creía que era mi obligación. ¿Hacía bien? ¿Hacía mal? Por sí tenía dudas el tiempo me las ha aclarado.

Ángel García junto a un nativo ashanica, durante su estancia en Mazamari

Hace poco recibí un e-mail de Hermías en el que, más o menos decía así:

“Querido profesor Angelito: (yo, en Valencia, era “el señor García Casado”, y allí era el profesor Angelito. ¡Qué satisfecho estaba...!). Me siento muy alegre y contento al decirle que ya ingresé en la Universidad y le escribo para agradecerle a usted por ayudarme con bla, bla, bla...Todo lo que me enseñó lo llevo en mi corazón y en mi mente, bla,bla, bla... (añade una serie de elogios que, naturalmente, suprimo...). La carrera que estoy siguiendo es pedagogía, para ayudar a los muchos que aún quedamos, lo mismo que usted y otros me ayudaron a mí. Que Dios le proteja y bla,bla,bla....”. Y me sigue contando que también ha logrado ingresar en la Universidad José Luís, otro alumno y ahijado mío, que salió de la chacra más humilde y que ahí está. Progresando y con la ilusión de luchar por el progreso de los demás. No ha sido en balde la formación dada por el Padre Joaquín, fundador de la Aldea; por la Madre Hermila, Directora del Colegio, y por alguno más que, como yo, han intentado formar sus corazones y sus mentes, desterrando el odio y con ilusiones de trabajo y futuro...

¡Cuánto espero y deseo que haya muchos Hermías y José Luís entre aquellos niños víctimas de la barbarie del terrorismo! Que si aquellos, en su niñez, vivieron el terror y la violencia, en su adolescencia pretendan enseñar la convivencia, la libertad y el respeto. Si quieres tener limpia la ciudad, empieza a barrer tu propia puerta. Si quieres un mundo mejor, trata de mejorar tu entorno. Y estos jóvenes, a pesar de sus condiciones desfavorables, lo están haciendo, y muy bien. A ellos, mi cariño y mi respeto. Mi cariño, desde que los conocí… Mi respeto, desde que los conozco mejor.

Ángel García Casado