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Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes… (Mt 28, 19-20)Otra vez ha llegado el mes de octubre, el mes misionero por excelencia, y con él la celebración del Domund, el domingo 21 de octubre. Aunque cuando salga esta revista ya habrá pasado la celebración quiero aprovechar esta ocasión para incidir nuevamente en este día tan importante, dedicado fundamentalmente a los misioneros, a nuestros misioneros En el número 7 de nuestra revista ya escribí un artículo homenaje a los misioneros en el que hacía mención a las cifras recaudadas en años anteriores. No voy a repetir el mismo planteamiento en esta ocasión. Prefiero centrarme en la importancia del lema de este año y en los comentarios hechos por el Papa y otras autoridades eclesiásticas.
El Hno Juan Oliver junto a un grupo de niños en Santa Elena, en el alto Tapiche. Al fondo, el Hno Héctor, misionero seglar. El lema de este año es “DICHOSOS LOS QUE CREEN” El Evangelio está salpicado de la palabra y promesa de Jesús que llama “dichosos”, “bienaventurados”, a los pobres, a los mansos, a los que entregan su vida, a los que cumplen la voluntad del Padre... También en el encuentro con Tomás, tras la Resurrección, anunció otra bienaventuranza: “Dichosos los que, aun no viendo, creen”. Se refería a los cristianos que sin ver a Jesús, como lo vio Tomás, creen en Él. Creer no es sólo un acto intelectual por el que una persona acepta la palabra del otro. Es mucho más: es entregar su vida al otro. Esta es la labor del misionero, quien con su palabra hace que los que no conocen a Jesús puedan sentirse seducidos por el testimonio de su caridad y amor misionero, y se entreguen a Dios en el acto de fe bautismal. OBJETIVOS:
El Papa, en su mensaje con motivo del Domund dice: “Con ocasión de la próxima Jornada mundial de las misiones quisiera invitar a todo el pueblo de Dios —pastores, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos— a una reflexión común sobre la urgencia y la importancia que tiene, también en nuestro tiempo, la acción misionera de la Iglesia. En efecto, no dejan de resonar, como exhortación universal y llamada apremiante, las palabras con las que Jesucristo, crucificado y resucitado, antes de subir al cielo, encomendó a los Apóstoles el mandato misionero: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20) Por consiguiente, como se ha reafirmado muchas veces, el compromiso misionero sigue siendo el primer servicio que la Iglesia debe prestar a la humanidad de hoy, para orientar y evangelizar los cambios culturales, sociales y éticos; para ofrecer la salvación de Cristo al hombre de nuestro tiempo, en muchas partes del mundo humillado y oprimido a causa de pobrezas endémicas, de violencia, de negación sistemática de derechos humanos. La Iglesia no puede eximirse de esta misión universal; para ella constituye una obligación. Dado que Cristo encomendó el mandato misionero en primer lugar a Pedro y a los Apóstoles, ese mandato hoy compete ante todo al Sucesor de Pedro, que la divina Providencia ha elegido como fundamento visible de la unidad de la Iglesia, y a los obispos, directamente responsables de la evangelización, sea como miembros del Colegio episcopal, sea como pastores de las Iglesias particulares (cf. ib., 63). Queridos hermanos y hermanas, también yo renuevo esta invitación tan actual. Es preciso que todas las comunidades eleven su oración al «Padre nuestro que está en el cielo», para que venga su reino a la tierra. Hago un llamamiento en particular a los niños y a los jóvenes, siempre dispuestos a generosos impulsos misioneros. Me dirijo a los enfermos y a los que sufren, recordando el valor de su misteriosa e indispensable colaboración en la obra de la salvación.” Los cristianos nos unimos en esta común causa humana con los millones
de seres humanos que sueñan con “otro mundo posible”.
Lo quieren, lo proponen y lo exigen en los Foros Mundiales Sociales que,
cada vez, congregan más voluntades y más propuestas. Hay
ciudadanos –soñadores y luchadores– de todo el mundo,
defensores de la causa de los pobres, convencidos de la posibilidad de
otro mundo, justo, solidario Quienes nos sentimos Iglesia misionera de discípulos del “Mesías enviado para evangelizar a los pobres y liberar a los oprimidos” (cf. Lc 4,16-21) no debemos permanecer al margen de esta corriente ética que sacude nuestro mundo y que cobra fuerza y forma. Nosotros tenemos más hondos motivos para comprometernos porque, además de creer en el hombre, creemos también en Dios, que crea y ama a toda la humanidad hasta asumir en su Hijo la condición humana, identificándose con los más despojados y humillados y ofreciendo desde ellos la vida nueva del Reino de Dios.
Tal vez, cuando llega este día, e incluso en nuestra dedicación a la ONGD nos ocupamos en exceso de recaudar dinero, de solucionar al menos momentáneamente problemas materiales y de salud. Todo esto es muy importante, incluso necesario, pero no podemos perder de vista nuestro tamaño y capacidad para solucionar problemas. Por eso, como ya expuse en otro artículo, nuestra actividad debe orientarse principalmente a la educación: tenemos que enseñarles a usar todos los recursos que ofrece el siglo XXI para que puedan progresar ellos a su ritmo y según su criterio. No podemos pretender sustituir a los Gobiernos correspondientes en su obligación de proporcionar a sus ciudadanos el bienestar que los tiempos exigen y garantizar el respeto a los derechos humanos. Lo que debemos hacer es ayudar a los misioneros como ellos nos indiquen para que su labor fundamental, la evangelización, sea más fácil y fructífera. Para terminar, nada más apropiado que este párrafo tomado del Mensaje del Papa: “Queridos hermanos y hermanas, verdaderamente el mandato misionero encomendado por Cristo a los Apóstoles nos compromete a todos. Por tanto, la Jornada mundial de las misiones debe ser ocasión propicia para tomar cada vez mayor conciencia de ese mandato y para elaborar juntos itinerarios espirituales y formativos adecuados que favorezcan la cooperación entre las Iglesias y la preparación de nuevos misioneros para la difusión del Evangelio en nuestro tiempo.” jmvs
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