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Hace tiempo aprendí que no se debe generalizar. Que generalizando uno corre el riesgo de equivocarse. Ni todos los andaluces son graciosos, ni todos los vascos fanfarrones, ni todos los catalanes interesados. Algunos habrá que no lo sean. Supongo...

Viene esto a mi pensamiento porque la opinión que tengo de los madereros que trabajan en la Amazonía es tan nefasta, que no quiero generalizar ofendiendo a alguno que no sea lo que de ellos pienso. Y pienso que son explotadores, delincuentes, y en muchos casos asesinos. Y no lo pienso gratuitamente, porque pruebas de ello las tenemos, desgraciadamente, con excesiva frecuencia.

Esto sucede en toda la selva peruana, y en estos momentos, según leo en la prensa del Perú, algo que hago frecuentemente, un grupo de grandes madereros que opera en la zona de Alto Yavarí, Gálvez y Taquerana, está saqueando las existencias de maderas nobles, especialmente cedro y caoba. Los madereros que trabajan ilegalmente han extraído más de 600.000 pies de caoba y cedro, han amenazado a pobladores locales y han eliminado la fauna de la que depende el sustento de éstos. Hay madereros que están extrayendo a tasas de hasta 20 veces por encima de las permitidas. Se estima que el área deforestada en la Amazonía peruana es de más de 8 millones de hectáreas. Cada vez son menos los lugares en los que la mano del hombre no llega para interferir con el estado original del paisaje, y cuando lo hace, deja una huella devastadora e irreversible.

Esta destrucción de especies de bosque amazónico causa, además de la destrucción de las fuentes de vida y hábitat de los pueblos indígenas, la inundación, erosión de la tierra y la reducción o extinción de especies de flora y fauna, entre otros. Los bosques del Perú están bajo asedio. Por toda la amazonía peruana, madereros ilegales y otros “legales”, igualmente destructivos, se dedican al “madereo” en gran escala en los últimos árboles de caoba y cedro, dos especies de gran valor. De acuerdo con las últimas estimaciones, un 90 por ciento de la madera extraída es ilegal. Por otra parte, la extracción de madera peruana ha implicado muchas veces la violación de los derechos humanos de los pueblos indígenas, particularmente su derecho a la propiedad, a la consulta previa, a la subsistencia y a la integridad cultural. Se han creado conflictos entre madereros y población indígena, pues hay invasión masiva de madereros con el objeto explícito de obligar al indígena a desplazarse y así poder declarar que dichos pueblos no ocupan ciertas zonas de bosque donde abunda la madera valiosa.

La selva la destrozan, pues al arrancar los árboles en las montañas de la selva, la tierra no tiene la sustentación que le daba la raíz, y se provocan los aludes, que no solamente destrozan cualquier vía de acceso, sino que sepultan cuanto tienen a su paso, incluidas naturalmente las chacras, con sus pequeñas cosechas, y a sus moradores, de los cuales jamás se ha vuelto a saber.

El Hno José Palací, Pepe Torró y unos niños de Orellana mostrando la caoba extraída de la selva

Los criterios sobre los árboles, los bosques y su aprovechamiento, son muy diferentes según de quien venga. Para un colono, un árbol significa un estorbo para la agricultura y en buena medida es percibido desde lo económico como madera que le puede dar un pago particular y comercializar. Para una empresa maderera, un árbol significa valor y precio, es equivalente a madera, y madera igual a dinero. Para un nativo, en cambio, el árbol significa parte de su vida y su espiritualidad. Tiene un valor integral. Es vida que da vida. Protege del viento, da sombra, adorna, da aire puro, detiene la erosión, evita deslizamientos; en fin, es pulmón del mundo.

En algunas zonas, los nativos se sublevan contra los madereros, pero es una guerra perdida, es la lucha de David frente a Goliat. El tiempo que viví en la selva, lo hice en Mazamari, departamento de Junín, donde habitan las tribus Ashanikas y Nomatsinengas. Uno de los jefes de la sublevación, Victor Salazar, ashanico, decía:

“Los equipos de madereros inundan nuestras comunidades y toman a nuestras hijas e insultan nuestras tradiciones. Sus máquinas destruyen nuestro bosque, que se empobrece y se vuelve “purma” (rastrojo y bosque secundario), ya no contiene los animales, peces o materiales y recursos que necesitamos para sobrevivir. Hacen un daño enorme a nuestros jardines, huerta y a nuestro almacén natural en el bosque.

Cuando se acaba la madera, abandonan la comunidad y dejan atrás a madres solteras e hijos sin padre. Su legado es el hambre, la pobreza y la desesperanza que lleva a los jóvenes a pueblos y ciudades en busca de trabajo. Socavan nuestra cultura y dañan nuestra organización social. La industria maderera está generando una enorme crisis social y organizacional en nuestras comunidades y está destruyendo la forma de nuestro sustento....”

¿Por qué pasa esto...? Todo el mundo sabe que uno de los tesoros más preciados de la Amazonía es la caoba. Es un árbol magnífico que puede alcanzar 40 metros de altura. Su madera es muy deseada por su belleza y su durabilidad. La madera de una caoba sola puede valer más de 3.000 dólares en el mercado de la explotación. Y no es eso todo. Con la madera de un solo árbol se pueden fabricar de 12 a 15 mesas de comedor que se venden hasta 8.000 dólares la unidad. Parece mentira, pero un árbol de caoba puede valer más de 100.000 dólares. Y hay un problema. Tiende a ser solitaria. Es decir, no se encuentran bosques enteros de caoba. Hay un ejemplar por aquí, otro por allá... Para tener acceso a cada uno de ellos, los madereros construyen caminos ilegales, y una vez abierta la selva, siguen los hacendados. Por cada caoba tomada hay otros 27 árboles dañados y 1450 kilómetros cuadrados de selva destruida.

¿Se puede detener la deforestación? Es improbable en el futuro próximo, pero la tasa de deforestación puede descender considerablemente y minimizar los impactos negativos socioeconómicos y ambientales. Si bien durante las próximas décadas seguirán perdiéndose árboles, es muy importante que la lucha contra la deforestación se lleve a cabo de la manera más racional posible. Y ahí entran las autoridades. A pesar de todos los compromisos formales y de todos los decretos, resoluciones, leyes y planes de acción, muy poco se ha hecho en realidad. El gobierno tiene más de 50 puestos de vigilancia en la región amazónica, pero éstos no son efectivos debido a los funcionarios corruptos que permiten el tráfico de troncos robados y madera aserrada a cambio de soborno. Aunque ya dije al principio que no quería generalizar.

Si no se corrige en plazo breve el problema, pronto quedará solamente un desierto con una amplia mancha de sangre como recuerdo de uno de los rincones más bellos del mundo: la Amazonía. Y cuando esto suceda, madereros y autoridades podrán lavarse insistentemente las manos, como Pilatos, pero siempre quedarán manchadas. Éstas, y sus conciencias. Quienes la tengan...

Ángel García Casado