46133

Quien es quien en la selva

Durante el año que pasamos Amparo, mi mujer y yo en la selva, tuvimos oportunidad de conocer algunos seres entrañables que tardaremos mucho tiempo en olvidar, y uno de ellos es sin duda, Sofía, a la que llaman “la abuelita”, aunque tiene algunos años menos que nosotros; pero lo cierto es que, aparte de su edad, su físico, como el de casi todos ellos, aparenta muchos más. Fue con motivo de nuestra primera visita a Valle Samaria, y Antonio, nuestro guía y amigo, quiso que la conociésemos, pues consideraba, no sin razón, que nos iba a parecer un personaje interesante. Y así fue.

Vivía sola en su choza, alejada unos pocos metros del resto de las otras cabañas y, aunque teóricamente estaba sola, una de las mujeres jóvenes de la tribu la hacía constantes visitas y cuidaba de sus necesidades. Sofía, como anciana que es, vive independiente, un poco apartada del resto. Allí la vimos, descansando, en una estera en el suelo, con un fuego al lado a punto de consumirse, que era la única luz que nos iluminaba a esas horas. Los minutos de conversación que mantuvimos con ella, aunque difíciles, fueron altamente gratificantes para ambos. La dificultad consistía en que nosotros no hablábamos una sola palabra de ashanico, pero, afortunadamente, ella aún recordaba aunque con dificultad, algo de castellano que aprendió cuando, hace muchos años, estuvo casada con un pastor evangelista suramerícano, que, naturalmente, le había enseñado algo de español, que era su idioma. Nos hablaba de aquel hombre, que ya murió, y de otras muchas cosas de la selva y de ella misma, y de su filosofía de la vida, y su conversación era tan interesante, que no solamente nosotros estábamos embobados oyéndola, sino también la joven muchacha que había ido a hacerle compañía. Se llamaba Olinda, y cuida de Sofía con gran cariño. Olinda quedó huérfana a los ocho años y Sofía la recogió y cuidó hasta su adolescencia. Hoy, Olinda cuida de ella, le lleva su comida, aviva su fuego, y la acompaña en algunos de sus ratos de soledad. Olinda es un encanto de criatura, cariñosa, dulce y sonriente.

En los minutos de conversación con Sofía, el ambiente que se creó en torno a ella, será difícil de olvidar. Aquella mujer de hablar dulce, sentada al lado de la lumbre, cogiendo de la mano a Amparo, tenía un gran belleza. Pero no hablo de una belleza física, la cual si la hubo la había perdido hace años. Era otro tipo de belleza, que cada cosa tiene, pero que no todos pueden verla. Miraba a Amparo con su mano entre las dos de ella, y su mirada expresaba muchas cosas imposibles de relatar. Quien no comprende una mirada tampoco comprenderá una larga explicación. Amparo le hablaba con cariño y dulzura, y ella acariciaba su mano con una ternura que realmente emocionaba. Porque ella, y Olinda, y toda la tribu, escuchaban a Sofía con gran interés cada vez que hablaba. Había una gran diferencia con la civilización que me rodea actualmente. Al anciano se le escucha, se le respeta, se le considera. Al contrario que en España, cuando un viejo habla, no son “las batallas del abuelo”, sino “la sabiduría del anciano”. Y me di cuenta de cuánto tenía que aprender de aquella humilde y, aparentemente, ignorante mujer. En contra de lo que hubiese podido suponerme, su tema de conversación no era sobre las injusticias sociales, la discriminación de razas, o cualquier otra cosa de la que quizá me hubiesen hecho sentir incómodo. Hablaba preferentemente, y con mucho sentido común, sobre el amor entre seres humanos, la solidaridad, la fraternidad... Algo que ellos practicaban habitualmente..., de la falta de egoísmo, y cómo todo es de todos. Por eso en su “casa”, y en las otras, no había puertas ni ventanas que cerrar, ni cajones donde preservar las cosas de la avidez de los demás. Toda una lección de humanidad que salía de los labios de una mujer de aspecto primitivo, aparentemente ignorante, pero que despedía amor y ternura por todos sus poros. Estábamos francamente a gusto escuchándola.

Cuando se hizo imprescindible marcharnos, (no me gusta que me pille la noche en plena selva), nos hizo prometer que volveríamos, y también le pidió a mi mujer que, cuando lo hiciésemos, le llevase “un collar, pero no de semillas ni de cuentas, como los que ella hace, sino de los otros”. Volvimos a los pocos días a cumplir nuestra promesa. Como os he referido antes, para entrar no hay que abrir puertas ni ventanas, por lo que entramos libremente, aunque nuestro natural pudor nos hizo que fuésemos anunciando nuestra llegada en alta voz desde unos metros antes. De lo contrario, puedes encontrarte con cualquier sorpresa. Allí estaba ella. Su alegría al vernos fue enorme. Nos quiere, y además, ¡tiene tan pocas novedades...! Amparo le llevó una cadenita de plata, y yo “un refresquito” que según nos dijo la vez anterior le apetecía mucho. Fue una Coca Cola de litro que, junto con la cadenita de plata, le parecieron el tesoro más grande del mundo. ¡Con qué poco se conforman...! Después, fuimos varias veces más a visitarla, hacerle compañía y aprender de su modo de pensar. ¿Cómo no íbamos a hacerlo...? Las horas pasadas con ella fueron todo un regalo, con una sensación de paz, alumbrados solamente por las brasas, escuchando su lento hablar... Pero aún me sentí más ruborosamente halagado cuando me contaron que ella, al explicar a la gente nuestra primera visita lo contaba pletórica de felicidad, hablando de nosotros como de unos ángeles que la hubiesen visitado, y diciendo:

-“¡Ahí, ahí...! ¡Estaban ahí...! ¡Y se sentaron en la estera conmigo...! ¡Y me besaron...!

Amparo, que es un ángel, la cogía de las manos y le hablaba, con la dulzura y el cariño que son característicos en ella. Sofía le contestaba largas parrafadas, entre las cuales, olvidándose de que no conocíamos el lenguaje ashánico, frecuentemente nos hablaba en él. Pero no era imprescindible entender sus palabras. Apretaba las manos de Amparo, la miraba a los ojos, y eran sus ojos y su corazón los que hablaban. Unos ojos que en su día pudieron ser muy bellos, pero que hoy sólo transmitían dulzura. Y un corazón para el que no era necesario el entendimiento del idioma. Respiraba paz y ternura.

De nuevo teníamos que irnos de allí. Estaba anocheciendo. Nos daba tristeza irnos, pero salimos plenamente satisfechos, convencidos de que el primero de los bienes, después de la salud, es la paz interior. Agradecidos a la circunstancia que nos permitió hacer con tan poca cosa, tan feliz a una persona. Creo que sin proponérnoslo, la hicimos el ser más feliz del mundo, solamente con un poco de atención y unas palabras cariñosas. ¡Qué poco nos costó! Cuando ves lo que otros necesitan y que tú puedes dárselo sin esfuerzo, te das cuenta de lo que podías hacer con tu vida, y te agrada poder hacerlo aunque sea en la, probablemente, última etapa de tu existencia... Como con Sofía “la abuelita”, me gustaría que en el resto de mi vida, cada día, alguien se sintiera feliz de haberme encontrado en su camino. Toda la felicidad a esa mujer fue por unas palabras bondadosas, algo que vale mucho y que cuesta poco. Cada día estoy más convencido de que la felicidad es la única cosa que, cuanto más se da, más queda para ti.

Con nuestra visita a Sofía”la abuelita”, nos sentimos plenamente felices, con un auténtico sentido en nuestras vidas, con la sensación de haber tenido un día completo, que nos dejó muy relajados, y la idea de que, si un día bien empleado da alegría a la hora de dormir, una vida bien empleada debe dar alegría a la hora de morir.
Supongo...

Ángel García Casado