38678

Todos los años, cuando llega el mes de octubre, celebramos el día mundial de las misiones, el DOMUND. Claro que las celebraciones actuales no se parecen en casi nada a las que recordamos los que ya peinamos canas (si peinamos algo), cuando los niños invadíamos las calles con nuestras huchas e intentábamos "sablear" a nuestros familiares y amigos. Hoy la celebración y la publicidad apenas traspasan los muros de nuestros templos, por cierto, cada vez más vacíos.

El lema del último Domund ha sido "San Francisco Javier: testigo y maestro de la misión". Estamos conmemorando el V centenario del nacimiento de san Francisco Javier, patrono universal de las misiones. La Iglesia ha propuesto a este santo navarro, junto con Santa Teresa del Niño Jesús, como intercesores de la acción misionera de la Iglesia. Los fines son:

  • Promover en las comunidades cristianas el ejercicio de la caridad como "el alma de toda actividad misionera".
  • Celebrar el Domingo Mundial de la Propagación de la Fe (DOMUND) en el contexto del "Octubre misionero" implicando a los fieles en la oración, el sacrificio y la cooperación económica por las misiones.
  • Presentar a San Francisco Javier como ejemplo de quienes descubren en su vocación cristiana el compromiso misionero.

No tengo estadísticas de las recaudaciones de los años en que la fiesta se celebraba en las calles de nuestras ciudades. La verdad es que el poder adquisitivo de nuestra sociedad entonces era bastante exiguo o, incluso, nulo. Hoy gozamos de una situación mucho mejor y eso hace posible que, participando menos personas, las recaudaciones sean mucho más elevadas.

El Hno Juan Oliver acompañado por el Hno José palací en una celebración bautismal.

Las aportaciones económicas de los ciudadanos, así como las herencias, legados y donaciones destinadas a las misiones, prácticamente se han duplicado en España en los dos últimos años, según la información facilitada por la Dirección de las Obras Misionales Pontificias (OMP).

El arzobispo castrense y director de las OMP, Francisco Pérez González, y el secretario de la institución, Anastasio Gil, ofrecieron estos datos durante una rueda de prensa para presentar la campaña del Domund 2006.

Mientras que en 2004 se recaudaron 12.600.000 euros (cantidad que se distribuye al año siguiente), en el año 2005 las aportaciones para las misiones llegaron a los 23.200.000 euros. También la institución de la Infancia Misionera, con diez millones de euros recaudados en 2005, duplica prácticamente las aportaciones de los fieles del año anterior.

Parecen buenos datos pero, evidentemente, son insuficientes. En caso contrario no sería necesaria la existencia de ONGD’s, como la nuestra, dedicadas principalmente a buscar subvenciones y recursos económicos para nuestros misioneros.

Según los datos aportados durante la rueda de prensa, entre 1978 y 2004 (los últimos datos estadísticos disponibles), el número de católicos creció en esos años en 341.833.000 nuevos fieles. Sólo en África, la cifra se multiplicó por tres (de 54.759.000 hasta los 148.817.000).

Mientras que en Asia la cifra se duplicó (63.148.000 hasta 113.489.000), en América el número de católicos aumentó un 66,8% (de 366.614.000 a 548.756.000). En Europa el aumento ha sido sólo del 4,65%, con el dato añadido de que, desde 1988, la cifra de católicos sigue descendiendo. (¿Terminaremos siendo tierra de misión?)

Pero no es este el motivo de estas líneas. Mi intención es reivindicar la figura del misionero como persona, y, por eso, me gustaría que pensáramos un poco en ellos, pero sobre todo en nuestros amigos: Juan Oliver, Jesús Carballo, José Palací, Faustino Zapico, Antonio Soriano y Joaquín Ferrer. No son superhombres, aunque la labor que desarrollan sí que pueda recibir este calificativo. Son hombres como nosotros, con los mismos sentimientos, necesidades y afectos. Sin embargo..., han elegido dedicarse a los demás, por encima de todo. Y, además, lejos de su familia, lejos de sus amigos de siempre y lejos de su patria (mientras siga existiendo la patria).

Un grupo de religiososas dedicadas a la misión en la selva del Perú

Ellos deben ser los verdaderos protagonistas de esta celebración. Y en su homenaje me voy a permitir copiar a continuación retazos de una página, de un libro escrito por Michel Quoist, que mis padres me regalaron cuando era joven (hace muchos años) y que sigue ocupando un lugar importante en mi "biblioteca". El libro se titula "Priéres", traducido al español por J.L. Martín Descalzo y R.M. Sans Vila como "Oraciones para rezar por la calle". No es un libro para leerlo simplemente, sino para pensarlo.

Imaginemos una tarde de domingo, cuando el sol apenas tiñe de color el horizonte. La calma se va apoderando de todo y el sacerdote, el misionero, se desahoga con Dios….

* * *

"Esta tarde, Señor, estoy solo.

Poco a poco los ruidos en la iglesia se han callado, los fieles se han ido y yo he vuelto a casa, solo.
Me crucé con una pareja que volvía de su paseo, pasé ante el cine que vomitaba su ración de gente, bordeé las terrazas de los cafés, donde los paseantes cansados intentaban estirar la felicidad del domingo festivo, me tropecé con los pequeños que jugaban en la acera, los niños, Señor, los niños de los otros, que jamás serán míos.

Y heme aquí, Señor, solo. El silencio es amargo, la soledad me aplasta...

* * *

Señor, tengo años, un cuerpo hecho como los demás cuerpos, unos brazos jóvenes para el trabajo, un corazón destinado al amor. Pero yo te lo he dado todo porque en verdad que a Ti te hacía falta. Yo te lo he dado todo, Señor, pero no es fácil. Es duro dar su cuerpo: él quería entregarse a los otros. Es duro amar a todos sin reservarse a nadie, es duro estrechar una mano sin querer retenerla,
es duro hacer nacer un cariño tan sólo para dártelo, es duro no ser nada para sí mismo por serlo todo para ellos, es duro ser como los otros, estar entre los otros, y ser otro, es duro dar siempre sin esperar la paga, es duro ir delante de los demás sin que nadie vaya jamás delante de uno, es duro sufrir los pecados ajenos sin poder rehusar el recibirlos y llevarlos a cuestas.

Es duro recibir secretos sin poder compartirlos,
es duro arrastrar a los demás y no poder jamás, ni por un instante, dejarse arrastrar un poco,
es duro sostener a los débiles sin poder apoyarse uno mismo sobre otro, es duro estar solo,
solo ante todos,
solo ante el mundo,
solo ante el sufrimiento,
la muerte
y el pecado.

* * *

Hijo mío, no estás solo:
Yo estoy contigo.
Yo soy tú,
pues Yo necesitaba una humanidad de recambio para continuar mi Encarnación y mi Redención.
Desde la eternidad te elegí
te necesito.

Necesito tus manos para seguir bendiciendo,
necesito tus labios par seguir hablando,
necesito tu cuerpo para seguir sufriendo, necesito tu corazón para seguir amando, te necesito para seguir salvando: continúa conmigo, hijo.

* * *

Heme aquí, Señor,
He aquí mi cuerpo,
he aquí mi corazón,
he aquí mi alma.
Dame el ser lo bastante grande para abarcar el mundo,
lo bastante fuerte para poder llevarlo a hombros,
lo bastante duro para poder abrazarlo sin intentar guardármelo.
Concédeme el ser tierra de encuentro, pero sólo tierra de paso,
camino que no conduzca a sí mismo, sin adornos humanos, sino que lleve a Ti.

Señor, en esta tarde, mientras todo se calla y mi corazón siente la amarga mordedura de la soledad, mientras mi cuerpo aúlla largamente su hambre oscura,
mientras los hombres me devoran el alma y me siento impotente para hartarlos,
mientras en mis espaldas pesa el mundo entero con toda su carga de miseria y pecado,
yo te vuelvo a decir mi sí, no en una explosión de entusiasmo, sino lenta, lúcida, humildemente, solo, Señor, ante Ti
en la paz de la tarde. "


jmvs