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QUIEN ES QUIEN EN LA SELVA

Cuando vas a viajar a la Amazonía, la mayoría de las personas, al tratar el tema de animales peligrosos de la selva, pensamos en Jaguares, Anacondas y Caimanes como elementos muy peligrosos, y lo cierto es que, si bien merecen atención, es poco probable que nos tropecemos con uno de estos. Más probable me parecía que, dado el calor habitual, me apeteciese algún bañito en alguno de sus numerosos ríos, y quería saber con qué me podía encontrar. Y traté de ilustrarme.

Antes de viajar a la selva, y en mi considerable incultura amazónica, cuando oía hablar de animales peligrosos en la zona, y comentaba lo que posiblemente me apeteciese un bañito en el río, de lo primero que me hablaban era de la piraña, ese” peligroso “pez que cuando entrabas en el agua, me decían, te atacaba sin piedad por manadas y en unos minutos no quedaban de ti ni los huesos. Aprendí a tenerle mucho miedo, aún sin conocerlo. Un error más de los muchos que tenía por culpa de mi desconocimiento. Después me enseñaron que si no tenías ninguna herida, si no olían a sangre, la piraña jamás atacaba, ni sola ni en grupo. Mucho más peligroso era el pez raya, animal cuyo coletazo en las piernas puede ser fulminante, por lo que te aconsejan que vayas arrastrando los pies para no pisarlos, pues sus poderosas colas no solamente cortan como sierras, sino que también pueden inyectar un veneno. Ahora bien, si vas haciendo ruido cuando entras en el agua, desaparece rápidamente del lugar y se va a otro más tranquilo para él. Los peces raya le tienen tanto miedo al hombre como el hombre a ellos. Y así, casi todos los animales.

Y digo “casi”, porque del pez que yo nunca había oído hablar hasta entonces, era del pez “canero”. Ese es, aparentemente inofensivo, y no huye al verte. Le ves nadar a tu alrededor y hasta te hace gracia. Pero tiene un terrible riesgo que yo desconocía y que me alegro de no haber experimentado. Los caneros, aunque no atacan en bandada como las pirañas, son, a mi juicio, mucho más peligrosos. Tienden a penetrar en los orificios del cuerpo humano, y si logran introducirse, en su camino van destrozando todos los órganos que encuentran a su paso, debido al movimiento giratorio que realizan, como si fuese la boca de un taladro, y por la aspereza que tienen en la boca, como una gruesa lija. Una vez que el animal se encuentra dentro ya es difícil que vuelva a salir por el mismo sitio por el que penetró aunque intentara hacerlo, porque tiene una aleta a ambos lados que le impide retroceder. Los hay pequeñitos y grandes, pero a mí me asustan más los pequeñitos por su modo de actuar. Los grandes se pegan al cuerpo como “lapas” y esto es asqueroso, pero ¿y los pequeñitos...? Entran por el orificio que pueden y ya no quieren salir. Se encuentran comodísimos. Yo no diría que “como pez en el agua”, sino “como pez en el ano”.

Para evitarlo, es aconsejable entrar en el río haciendo ruido y no permanecer quieto ni un instante; usar ropa de baño muy ceñida al cuerpo que cubra totalmente los órganos genitales y el ano, y si fuera posible, cubrir también el resto del cuerpo con una camiseta ajustada. En el caso de que lleguen a entrar en el organismo, aconsejan tomar una infusión de huito, que supongo que no se tiene a mano tan fácilmente, o exhalar humo de tabaco en el lugar por donde han entrado. Entonces salen muertos. Pero, francamente. En el caso de que le sucediese a un compañero mío, ponerme a fumar, arrimar mi boca y exhalar el humo en “la puerta de entrada” del canero hasta que se muera, no me apetecería mucho. Igual me moría yo antes...

Otro animal de río, desconocido hasta entonces para mí, era el pez eléctrico, del que hay varios tipo. Uno de ellos, el “puraqué”, es capaz de dar descargas de hasta 720 voltios, que podrían encender cinco bombillas de cien vatios. Los más grandes, que alcanzan dos metros y medio, pueden emitir descargas de hasta mil voltios, lo que causaría la muerte de una persona que nadase cerca. Estas descargas le permiten reconocer el entorno donde se encuentra y aturdir a los pequeños peces que le sirven de alimento. Quizá una serie de animalitos así, en los lagos que utilizan nuestras compañías eléctricas para el suministro de la población, haría que no nos afectase tanto la sequía que amenaza a nuestra producción eléctrica. Podían ir allí nuestros Ingenieros y que lo estudien..., los que vuelvan vivos.

Pero una de mis mayores sorpresas. Jamás hubiese considerado peligrosa a una hormiga. ¡Ese animal me era tan familiar, y para mí tan inofensivo...! Pero nada que ver las hormigas que conocía con las que descubrí en una “divertida” excursión que realicé. Un domingo, nos fuimos a Río Blanco, a conocer las cataratas de Canán. Íbamos Amparo, mi mujer, María, hermana del Padre Oliver, Nidia, la cocinera del Padre Joaquín, y su hija, la joven Carla. Montamos nuestro campamento en un bonito lugar desde el que dominábamos la catarata, nos podíamos bañar en el río y teníamos frondosos árboles para descansar tranquilamente. Llamó mi atención ver en un pequeño claro del bosque, junto a nuestro “campamento”, un interminable ejército de hormigas de aproximadamente tres centímetros cada una, (no, no he exagerado. Eso es lo que medían, la cabeza y el cuerpo. Y naturalmente, además las patas en proporción). Eran un disciplinado ejército. Aprendí, entre lo que vi y lo que me enseñaron, que es el insecto más frecuente del sistema amazónico. Cuentan con tipos muy especializados como los que se hospedan en algunas plantas, que prefieren las colonias de ejemplares que pican o muerden porque son muy agresivas defendiendo el nido y ahuyentan a los predadores de hojas , al tiempo que ayudan a la dispersión de sus semillas y dejan restos orgánicos de los que la planta también se alimenta. Estas que yo vi, y sufrí, son de las más extendidas, del género Atta según aprendí; poseen afiladas mandíbulas y son grandes devoradoras de hojas, que transportan al nido. Eso era lo que yo estaba viendo. Allí elaboran una pasta que favorece el desarrollo de un hongo con el que se nutren las larvas. Todo esto lo aprendí a continuación y por experiencia propia.

Andaba yo muy entusiasmado filmando con mi tomavistas la operación. Ilusionado con lo que filmaba, porque era algo casi increíble, que pensaba enseñar después a los posibles incrédulos. Una disciplinada caravana de esas enormes hormigas, transportaban voluminosos fragmentos de hoja de un árbol al que lenta pero inexorablemente estaban dejando pelado. Caminaban en disciplinada fila hasta el interior del bosque donde desaparecían, supongo que tras dejar el fragmento de hoja en el nido para la operación que he descrito antes. Yo filmaba entusiasmado porque nunca había visto ejemplares de hormigas tan enormes, y era un testimonio que me encantaría mostrar a mi regreso, como una prueba más de las cosas tan diferentes a mi entorno habitual que estaba viviendo De momento, sin saber cómo, y en mi afán de seguir filmando a las hormigas, debí pisar la disciplinada fila, y ..¡oh, hecatombe...! La fila se disolvió, y como de común acuerdo, decenas, centenares, no me atrevo a decir miles pero de centenares no bajo, se lanzaron enfadadísimas contra mí. Trepaban por pies, tobillos, piernas, muslos, hasta los lugares más privados y recónditos, y mordían, mordían ferozmente. No eran picotazos. Eran docenas de mordiscos al mismo tiempo y por todo mi cuerpo. Era imposible quitármelas de encima. Estaban debajo de mi ropa y yo no acertaba a deshacerme de ellas. Me aparté del hormiguero lo más rápidamente posible, pero aún así, eran tantas las que llevaba trepando por mi cuerpo, que no podía sacudírmelas por más que lo intentaba.. Lo pasé mal, muy mal. Como iba rodeado de señoras y no era cuestión de desnudarse, me interné en la selva, tratado de apartarme de su vista y del hormiguero. Allí me quité la ropa, la sacudí como pude, me aparté las que todavía tenía en mi cuerpo, no sin dificultad, y al cabo de un buen rato ,porque eran muchas, ya más tranquilo, pero aún dolorido por las mordeduras, aparecí ante el grupo de mis compañeras de excursión, que aún estaban riéndose al recordar los apuros que pasé. Del dolor que padecí, no decían nada. Ellas no lo habían sufrido, pero yo no lo olvidaría en mucho tiempo. Serví de desahogo para las hormigas, y de diversión para mis “queridas” compañeras de viaje, que aún se ríen de mí cuando lo recuerdan.

Cuando me hablan de “animales peligrosos de la selva”, yo , sin poderlo evitar, no los asocio con serpientes, lagartos o arañas gigantescas, y viene a mi memoria la para “ellas” divertida, y para mí dramática anécdota de las hormigas que a los demás les cuesta creer. Y comparo, sin querer, con la historia de mamá gusano, que decía a sus hijos gusanitos: “Animales peligrosos, el gallo y la gallina”.
Cada uno habla de la feria según como le va...

Ángel García Casado