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Experiencia misional en Perú del Hno Miguel Sempere. Julio y agosto 1999. Pedí poder estar en los lugares donde estaban nuestros hermanos misioneros en la selva del Amazonas en Perú para poder ver de cerca su trabajo y hacerles compañía durante mis vacaciones de verano. Aquí, en mi convento de Carcaixent, pude hablar con Monseñor Víctor de la Peña, Obispo de Requena que me dijo que me enviaría a ejercer mi labor pastoral en un pueblecito llamado Santa Elena que no tenía párroco. Que él solía ir cada verano en visita pastoral, pero que este año me dejaba a mí para que, durante algún tiempo tuvieran eucaristía y fueran bautizados sus niños. En Requena (junto al río Ucayali) estuve dos días. Allí pude volver a hablar con el Obispo y ver la gran labor que se ha hecho. Y pude conocer al P. Jesús Carballo: su trabajo, su día a día con la gente que acude a él; el centro catequético y el culto en la iglesia catedral. También me encontré al P. José Antonio Jordá que era el segundo verano que acudía. Se dedicaba a dar clases en el seminario. Junto a él trabajaban varios cooperantes que habían acudido también a dar clases durante el verano o durante años enteros. Y marché a Santa Elena, en el curso alto del río Tapiche. Calcule en el mapa una distancia de 400 km de Requena. La catequista austríaca que trabajaba en Santa Elena había tenido un accidente a principios de año y había estado en hospitales de Iquitos y Lima. Me dijo que por el Tapicho no pasan barcos de una forma regular, por lo que teníamos que estar atentos para tomar el primer barco que subiera hasta Santa Elena. La suerte fue que ese domingo hubo elecciones municipales y el día siguiente tenía que ir un helicóptero del ejército a traer los soldados que habían estado manteniendo el orden en Santa Elena. La catequista habló aquí y allá y tuvimos la suerte de realizar ese viaje en helicóptero y en menos de una hora.
El helicóptero que nos llevó a Santa Elena Santa Elena es un pequeño pueblo de unos 600 habitantes. Además de la catequista austríaca había un responsable de catequización. Pasé a visitar a los maestros de las escuelas y a muchas familias. Comenzamos catequesis a los niños, junto con los catequistas de dicha población, muy jóvenes todos. Hace años hubo un párroco que construyó una espléndida iglesia y una casa parroquial con salones para reunión de catequistas. De allí salimos todas las semanas a otros dos pueblos más pequeños: Morales y Cancha Lagua. La gente de Santa Elena es muy pobre, extremadamente pobre. Tienen lo necesario para comer: el río les da peces en abundancia y ellos cultivan pequeñas chacras que les dan frutos y verduras. Pero no tienen nada que les dé dinero. Por eso no pueden pagar una medicina, un viaje... nada. Tienen escuelas, pero los maestros tienen que percibir su salario a muchos kilómetros, lo que les obliga a dejar desatendidas sus clases un tiempo cada mes. Y los viajes allí no son fáciles ni baratos. En todo el tiempo que estuve allí no vi una rueda: no había coches, ni motos, ni bicicletas, ni siquiera carretillas. Era penoso ver cómo descargaban los barcos subiendo los bidones de combustible y llevándolos por la calle. Sólo hubo luz eléctrica los dos días de Fiestas Patrias. Pudieron tener algunos días televisión pidiéndole a la catequista su pequeño generador de electricidad que les permitía hacer funcionar la parabólica y un televisor, con lo veían partidos de fútbol de selecciones de los países suramericanos.
Foto tomada el día de las Fiestas Patrias. Al fondo se ve la iglesia y la Posta médica (centro de salud, diríamos nosotros). Son personas muy sencillas que te hacen caso y se dejan instruir. Debido a la falta de misioneros se están introduciendo las sectas. Había al menos dos grupos que celebraban sus liturgias y atraían cada vez a más gente. En este aspecto puede decirse que su necesidad es mayor que la material. Allí pude hablar con la gente, predicar a Jesucristo, bautizar unos pocos niños y, sobre todo, aprender de ellos, de su sencillez, de su amor a los niños, de esperarlo todo de Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos.
Con unos niños a la puerta de la iglesia Luego pude ir brevemente a visitar al P. José Palací en
Orellana y al P. Faustino Zapico en Contamana. En esta última localidad
estaba también Fr. Antonio Soriano, que había marchado a
ayudar durante el verano. Y de Contamana regresé a Lima Me llamó mucho la atención la cantidad de cooperantes que encontré en todas partes. Gentes que habían preferido el trabajo allí a unas vacaciones cómodas en otra parte. Montaban máquinas para hacer ladrillos, daban clases, impartían cursillos prematrimoniales, daban catequesis de confirmación o de bautismo. Quedan muchas cosas por contar: el conocimiento de nuevos países, nuevos paisajes, ríos de caudales nunca sospechados... pero eso no ha sido lo importante. Lo importante ha sido el trato con la gente. Puedo decir que ellos me han dado y enseñado más de lo que yo haya podido hacerlo. Hno Miguel Sempere, ofm
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