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EL TUNCHI

Reconozco como parte de mi incompleta cultura, que hasta que no llegué el Perú y conviví en la selva con sus gentes, no había oído hablar del Tunchi. Sin embargo, es personaje casi indispensable en gran parte de las conversaciones entre ellos. Los pobladores de la selva le tienen más miedo a las almas de los muertos que a la muerte. No solamente entre los más ignorantes, sino entre los de mayor y menor cultura, sin preferencias en sus creencias. Todos están convencidos de su existencia, y al hablar de ello, el que aparentemente hacía el ridículo con su escepticismo, era yo. Pero, sinceramente; al principio tenía mis motivos para ser escéptico. Después..., he aprendido a no sentenciar.

Según me asesoran, el Tunchi es, ni más ni menos, que el espíritu selvático más terrorífico del Perú. Los indígenas aseguran que quien escucha al Tunchi se vuelve loco, y que aquel insensato que comete el error de interrumpir, contestar o tratar de imitar sus chillidos agudos y horripilantes, garantiza la muerte a manos de la propia bestia. Dicen que anuncia y lleva consigo la muerte. Los ancianos de las tribus afirman que se trata de un alma en pena que no ha hallado la paz en el más allá y que ha vuelto para lamentarse y traer enfermedades y tragedias a los vivos.

Y, ¿qué puede pensar una persona de mis principios, educación y cultura sobre ese asunto...? Pues me abstengo de comentarios, pero puedo afirmaros que, conversaciones sobre este singular personaje he tenido con monjas y sacerdotes, (cuya religión deja claro lo que opina de este tema), con personas peruanas y con españoles afincadas largo tiempo en la selva, y... todas ellas dan por sentado que es cierto... Que existe... Es un personaje más en la selva. Y raro es el que no tiene una experiencia por contar, vivida personalmente por él, o por alguien muy cercano. Y cuentan docenas de anécdotas con las que no voy a aburriros ni permitir que esbocéis una sonrisa pensando en mi “estupidez”. Comentan que se presenta por la noche como un pájaro nocturno que tiene un silbido característico: “fin, fin, fin...” y que el contacto con él puede causar enfermedades o la muerte.

Pues bien. Una noche, después de cenar, en el transcurso de la conversación de la sobremesa, salió el tema. Como tantas otras veces. Y aún más que otras veces, porque esa noche, acompañándonos en la cena, además de los habituales estaban unos sacerdotes españoles que llevan varios años en Perú y que convivían eventualmente con nosotros, mi mujer y yo, durante nuestra estancia en la selva. Surgió la conversación, y giró durante un buen rato sobre el tema, con anécdotas vividas o conocidas por ellos, más o menos escalofriantes. Todos ellos lo consideraban un ser auténtico, y no producto de ficción o fantasías. Después de un buen rato de “ilustrativa y didáctica” conversación, mi mujer y yo decidimos dejarles y “retirarnos a nuestros aposentos”. Yo me acosté enseguida, y mi mujer se quedó a leer un rato, como hacía y aún hace frecuentemente, antes de dormir. A los pocos minutos, menos de los habituales otras noches, se acuesta y me dice:

- ¡Ay, Ángel! Me he dejado la luz encendida. Por favor, ¿quieres levantarte tú y apagarla...?

Yo, como esposo complaciente que soy, me levanto, y antes de apagar la luz, observo que en suelo, tirado y semiabierto, se encontraba el libro que estaba leyendo unos minutos antes. Lo recogí, pero me extrañó, porque ella es bastante aseada y ordenada, y no me la imagino tirando un libro al suelo. Al regresar a la cama y recriminárselo, se me abraza nerviosa y temblorosa, y me dice:

- ¡Es que me he asustado mucho...! ¡Era el Tunchi...! ¡El Tunchi...! ¿No lo has oído...?
Se oía un silbido: “fin, fin, fin.,,,”

- ¡Eso es un pájaro, mujer...! ¡Vamos a dormir…!

- ¡Que no...! ¡Que no...! ¡Que es el Tunchi...!

- Venga. A dormir

Le pasé mi brazo por su hombro, apoyé su cabeza sobre el mío, se la tapé con la manta para que no oyese nada, y transcurrido un buen rato, estaba dormida, o lo fingía. Al menos, estaba callada.

Creo que, la conversación mantenida minutos antes, había influido en su estado de ánimo. Pero lo cierto era que el “fin, fin, fin...”, se escuchaba. En la anterior conversación durante la cena, había aprendido que, como no hay conjuro ni talismán para contrarrestar al Tunchi, solo hay dos opciones. O callar ante sus llamadas y tratar de ignorarlo, lo cual te puede volver loco, o lo interrumpes para conocerlo y posiblemente sea lo último que hagas en esta vida. Las dos opciones son malas, pero cada uno elige la que prefiere. Yo le ignoré, aunque me costó, me dormí, aunque también me costó, y al día siguiente comenté lo sucedido mientras comíamos. Eran los mismos comensales del día anterior. Frailes, monjas y nativos. Españoles y peruanos todos, menos yo, estaban convencidos de que, efectivamente, había sido el Tunchi. Y tienen asumido que en la selva los hay, con la misma naturalidad que aceptan que haya serpientes o mosquitos.

¿Aquella noche era él...? ¿Existe realmente...? También me cuesta escribir esto, pero considero que mi obligación al redactar estas líneas es informar, no opinar…

Siempre he pensado, y aún más en temas similares, que de prudentes es dudar, y de ignorantes, negar. Pero, real o imaginario, el Tunchi es uno de los personajes más populares, y a la vez desconocidos, de la selva peruana.

Ángel García Casado