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No ha sido únicamente una visita a mi hermano. Hace dos años ya viajé al Perú, entonces no estaba mi hermano; he ido a encontrarme conmigo misma, a encontrarle más sentido a la vida, a saber que soy algo más que una persona que trabaja, que está de paso por la vida, que hay cosas por las que vale la pena luchar, y todo eso me lo ha enseñado también la gente de allí. Una cosa es lo que uno busca y en ocasiones otra lo que se encuentra. ¿Con qué te has encontrado en Requena? Me encontré una miseria grandísima. Cuando fui a Mazamari vi miseria, pero la que he visto en Requena no la había visto hasta entonces. La realidad es cruda, con mucha pobreza, incultura, falta de cariño, y mucha falta de confianza hacia la gente de fuera. Pero todo ello ha sido como un refuerzo para animarme a seguir en este proyecto que hemos emprendido en nuestra ONGD, para aportar nuestro granito de arena en estas tierras en las que nuestros misioneros trabajan tan duramente y sin apenas recursos, día tras día. ¿Qué impresión te has traído sobre el trabajo que vienen realizando nuestros misioneros y misioneras del Perú? Cualquiera de los misioneros que se encuentran allí están realizando una labor muy importante con todas las gentes de Requena y los pueblos de los alrededores. Me llamaba la atención de manera especial la confianza que esta gente tenían en ellos. Esto lo pude comprobar cuando vi cómo venían a hablar con mi hermano para consultarle sobre cualquier problema que tenían, bien fuera familiar, sanitario, económico, laboral, etc. Recuerdo que le decía: "es que vienen para todo", y él contestaba: "sí, para eso estamos". Lo mismo vi en Jenaro Herrera, adonde íbamos todos los domingos, con las hermanas Misioneras del Rebaño de María. Es digno de admirar la entrega de estas misioneras (al igual que la de todos): no importa la hora ni el día, siempre están dispuestas a atender a cualquiera que llame a su puerta (y eso que llaman a cada hora), pero ahí están, atendiéndoles en sus necesidades y dándoles un afecto, cariño y comprensión a los que no están demasiado acostumbrados. Esa es una de las tareas importantes de los misioneros, junto con otras: la de dar afecto y cariño, la de atender a tanta gente acostumbrada a ser rechazada.
María con uno de los niños apadrinados Tu has sido una de las más activas personas en la preparación del contenedor y su envío, y también has tenido el privilegio de ser testigo del reparto de gran parte de ese material ¿ Qué respuesta ha habido por parte de la gente y qué impacto ha tenido sobre ellos? El impacto en la gente ha sido fantástico. Desde el más mínimo detalle que se envió, cosas que nosotros dudábamos que les serían de utilidad era extraordinario ver cómo la gente se ilusionaba con ellas. Anécdotas en este sentido hay muchas: cuando comenzábamos a sacar cosas, venía una hermana franciscana capuchina que trabaja en un colegio de educación especial y ¡todo le parecía bonito, todo estaba bien, todo lo quería para sus niños!: rompecabezas, lápices de colores, zapatos, ceras, cuentos... ¡hasta las cajas del embalaje! Estar allí repartiendo todo lo que se envió, ver a la gente lo feliz que se siente de cosas que nosotros nos creíamos que no valían o que no estaban demasiado bien, fue algo impresionante. Este trabajo lo realizamos nada más llegar. Al cabo de unos días llegaron unos indios de la tribu Mayoruna (hombres del río) o Matsés, que viven en San José de Añushi. Enterados del reparto por medio del único miembro de la tribu que habla castellano, acudieron después de dos días a pie atravesando selva pura, con agua hasta las rodillas, algo que debe ser horroroso. Hasta vino una señora con su bebé, y estaban allí porque no tenían nada y no tenían quienes les mandasen nada, pues el único medic que tienen para ir allá es a pie. Les estuvimos preparando material escolar y ropa para doscientos niños, tratando de que las cajas no pesasen mucho para que el regreso les resultase lo menos gravoso posible. Ellos tuvieron el detalle de traernos unas lanzas y arcos con flechas en signo de agradecimiento, cosas que nos hemos traído a España para sortearlos en beneficio de la ONGD. Esto fueron los primeros días. Luegc nos trasladamos a las Franciscanas Misioneras de María, quienes tienen un taller de confección y diversos trabajos manuales. Estuvimos allí ayudando en el taller de confección. Una hermana tiene un taller de madres adolescentes, jóvenes que están embarazadas. Al empezar a sacar ropa, cuando llegó la de bebé, era una fiesta pensando en esas niñas-madres: juguetes, peluches... Todos los años organizan una tómbola y con ello sacan algo de dinero para estas madres, y en esos momentos no tenían nada. Al recibir todo lo que se envió, la hermana estaba encantada, pues ya tenía cosas más que suficientes para organizar la tómbola de ese momento, y también tenía para otra en navidad, y para regalar cosas de bebé a las mamás adolescentes. Quedé muy impresionada ante la reacción de la gente a los artículos que se llevaban, pues cuando ves a nuestros niños que les sobra de todo y allí que no tienen qué ponerse, recibir cualquier cosa, por insignificante que fuese, para ellos era una auténtica fiesta. Habrás podido constatar también parte del fruto de algunos proyectos que la ONGD ha desarrollado en la zona de Requena ¿Puedes acercarlos a nuestros lectores? Efectivamente, así es. En cuanto a la motosierra que se compró para Jenaro Herrera, el taller está funcionando con normalidad, algo que pudimos constatar al ir semana tras semana. Hay jóvenes que están trabajando, y otros que se van incorporando. Durante aquellos días estaban realizando concretamente las puertas para la vivienda del sacerdote. Los jóvenes que fueron receptores de ayudas para concluir sus estudios, algunos de ellos los han terminado, y también se brindaron a dar clases a otros niños de nivel inferior en la escuela de refuerzo, con lo que se daba un servicio en compensación por lo que habían recibido, y de paso se ganaban un dinero. Los niños receptores de estas clases pasan mucho tiempo por las calles. Es por ello que se pensó recoger a estos niños y darles formación. Al iniciarse esta iniciativa, se apuntaron 120 niños que asistían durante hora y media, tres sesiones a la semana. Estos jóvenes profesores mostraron mucho interés, se preparaban sus clases de una manera concienzuda, disponían de mucho del material que se envió, se dotó una biblioteca de libros, pues los niños no pueden estudiar en las casas (en general falta un espacio con condiciones para ello). Había niños de 11 años a quienes les estaban explicando el significado del punto y la coma, algo que nos decía que su nivel de abandono era muy grande. El tiempo que están ahí, no están en la calle y aprenden muchas cosas. Es cierto que algunos de estos niños abandonaron y hubo que convocar a los padres. A raíz de aquella reunión, se apuntaron más niños de los que había matriculados. Esto también nos hacía ver lo que allí cuestan las cosas, pues el sentido de compromiso y responsabilidad es muy pobre, tanto en pequeños como en adultos. Con respecto a los niños apadrinados, también fue muy gratificante constatar el efecto tan grande que produce en ellos la aportación mensual que se viene realizando por parte de cada padrino. Verles vestidos, con material escolar, con medicinas, les da un aspecto de salubridad que llama la atención sobre el resto de niños con los que conviven.
En estos lugares siempre es mucho más lo que queda por hacer que lo que hasta ahora se ha hecho. Sobre el terreno, ¿qué prioridades has observado que tendrían que atenderse de inmediato, y qué otras necesidades ves que habría que afrontar en un plazo de tiempo más largo? Para mí, la necesidad principal en estos momentos en aquella realidad es la educación. Que hubiera gente dispuesta a enseñar y a enseñar bien, sería una tarea muy importante a realizar allí. Es necesario que haya un buen equipo de profesores. Otro asunto también prioritario es la sanidad: su situación es muy deficiente; por ejemplo, una señora llegó a la misión con seis soles (no llega a dos euros) para comprar una bolsa de suero, pues en el hospital no tenían. Luego, en Requena te sucede alguna cosa y no tienes posibilidades de nada, lo más próximo es Iquitos, y hasta esa ciudad hay quince horas de viaje en lancha, intervalo de tiempo tan grande como para que te suceda cualquier cosa durante el viaje. Medicamentos hay los justos: si una persona necesita cinco pastillas, te dan cinco y no una caja como aquí. En general, me parece que hay que invertir más esfuerzos y energías en la educación, que en la sanidad. Con la educación las cosas son distintas, no basta enviar cosas o materiales, sino que hay que preparar a la gente y los frutos se obtienen en un plazo de tiempo más largo. Por eso, creo que deberíamos apoyar más estas cosas pequeñas, clases de refuerzo, apoyo a los jóvenes, y que ellos se comprometan de veras para que la educación sea en verdad provechosa. Después de lo vivido en estas dos experiencias misioneras, expresa a nuestros lectores algo que les lleve a sensibilizarse más sobre aquella realidad tan distinta a la nuestra en todos los sentidos. Yo diría que para mí ha sido una experiencia tan positiva, que te das cuenta que hay cosas tan importantes en la vida que aquí no valoramos: aquí nunca tenemos bastante, allí con cualquier cosa se conforman. Deberíamos pensar y mirar hacia allá y darnos cuenta de que lo que está pasando es muy cruel, porque no hay derecho a que haya gente que viva en las condiciones en que allí viven. Si miras las casas, son un espacio pequeño cuyo piso es la misma tierra, duermen en camas que son sólo madera, y esto los más afortunados. Si leen la revista, sepan que hay mucho por hacer, y hay mucha gente que está sufriendo por muchas causas: por falta de cultura, por falta de medios sanitarios, por falta de comida. Mucha de la gente de allí podría vivir con tantas cosas que nos sobran en nuestras casas: ver a los niños sucios con las ropas rotas es algo que te lleva el alma a los pies. El caso de los niños apadrinados es ejemplar en este sentido: los ves bien vestidos, que comen, que tienen medicinas, y piensas: ¡qué bien gastados están esos veinte euros! En verdad, ese dinero hace auténticas maravillas, más, milagros, y a los niños se les nota, no simplemente por lo que yo vi, sino también por el testimonio de quienes están con ellos a diario. Por eso, la ayuda es muy importante, y llega y produce frutos.
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