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José R. Palací
Garrido
A finales de febrero de 1960 regresé de la visita que hice al río Tapiche, entregué un informe al Sr. Obispo de Requena en el que le indicaba que el lugar más apropiado para la misión de dicha región, era Sta. Elena. Estaba seguro que me designaría como párroco de la nueva misión y así fue efectivamente. Sin embargo, por las razones que fueren, el caso es que a los pocos días me dio nombramiento para la misión de Orellana, en el río Ucayali. Me quedé un tanto contrariado, me había hecho la ilusión de ir a Sta. Elena, incluso había asegurado a aquellas buenas gentes que regresaría, para quedarme con ellos. No fue así. A cambio del Tapiche, el Ucayali, así que me hice el ánimo, y me preparé para partir rumbo a lo desconocido. Orellana que ahora tanto amo. ¡Cosas de Dios!
" Una vez acodada la embarcación en la orilla, con mi equipaje subo la pendiente hasta llegar al nivel de la calle principal del pueblo de Orellana. Miro a mí alrededor y la verdad es que no sé a donde debo ir. Pregunto y me acompañan hasta una casa donde se suelen alojar los misioneros cuando, desde Contamana, visitan este pueblo. Al atardecer acudí a la capilla, era de madera, con techo de zinc (calamina) y ya bastante vieja. Al salir de la capilla muchas preguntas de la gente, sobretodo, si me quedaría estable o solo de visita. Les dije que me quedaba con ellos". Orellana está ubicada en la margen izquierda del río, que
a su paso por dicha población, tiene alrededor de un kilómetro
de ancho. Tenía dos mil habitantes y comprendía también
26 pueblos menores. Pertenece al Departamento de Loreto, ubicado en la
zona nororiental de Perú. Un tupido bosque tropical cubre todo
su territorio, con árboles gigantescos y coposos que forman una
suerte de techo que impide la llegada del sol al suelo, con colinas de
poca elevación y superficies ligeramente onduladas recorridas por
diversos ríos. Es el departamento más extenso del Perú,
habitado desde tiempos remotos por tribus seminómadas: shipibos,
conibos, campas, setebos, ashaninkas " "Residí en casa de Dn. Alberto y Dña. Dina Macedo, mama Dina. Me acomodaron en un cuarto donde había un camastro, una silla y una mesa. Todas las mañanas, después de la misa, tenía preparado un zumo de naranja y papaya y poco más tarde, el desayuno. Me trataron muy bien y todo con mucho cariño, me encontraba como en mi casa, aunque había que pensar en otra casa, no podía estar allí indefinidamente. Tenía que pensar en qué es lo que, en adelante, debía hacer, cómo organizarme para ocupar el tiempo. Tampoco contaba con movilidad propia para visitar los caseríos y pueblos de mi jurisdicción ni casa propia, por lo que tenía que pensar en ambas cosas. Eran necesidades fundamentales, pero como no poseía dinero tenía que buscar una solución con la gente de Orellana y los caseríos." "Buscando desarrollar y mejorar nuestra existencia económica y social estudiamos la manera de poder realizar una expedición a través de la selva y facilitar el trazado de una carretera que nos uniese con la red de comunicación terrestre, pues desde tiempos inmemoriales, el único medio de comunicación vital entre Pucallpa e Iquitos es por el río y a través de él se trasladan comerciantes, mercancías, lugareños, animales... .en grandes barcazas y en donde se duerme en hamacas. Fue una experiencia única: trabajosa, dura y no exenta de riesgo. Caminamos, días y semanas por estrechos senderos o trochas que solían empezar y terminar en pequeños riachuelos, lagos, fuentes, saltos de agua o zonas pantanosas. A cada lado se veían frondas de arbustos y malezas enroscándose en los troncos de los grandes árboles que formaban una barrera entre el agua y la tierra, proyectando una densa sombra sobre nuestras cabezas con sus espesos ramajes entrelazados a una altura increíble. Las raíces aéreas de muchos de aquellos gigantes colgaban a modo de cortinas que nos dificultaban el paso. El aire era húmedo y pegajoso y el silencio resultaba abrumador.
La selva que estaba viviendo no tenía nada que ver con la que rodeaba Orellana. Esta era como más civilizada. Si bien, la sensación de peligro aminora al pensar que todo funcionará correctamente dado el conocimiento de alguno de los expedicionarios que nos acompañaban. Durante aquellas semanas caminamos internándonos más y más en una selva que cambiaba de aspecto. A veces era amistosa e impresionante, como cuando alcanzabas un alto y veías a tus pies y hasta donde la vista se perdía en cualquier dirección, una alfombra de copas de árboles de colores cambiantes. En otras ocasiones era hostil y había que permanecer en guardia de manera permanente para no sufrir la picadura de mosquitos, abejas, tarántulas, hormigas...o la mordedura de serpientes, caimanes o pirañas. Avanzando por ella te sientes como Gúlliver en el país de los gigantes. Los descomunales árboles, separados entre sí lo imprescindible para no acabar devorándose unos a otros, o caídos en el suelo, derribados por la vejez, tenían cerca de cien metros, con sus impresionantes troncos que, a ojo, pueden tener unos veinte o veinticinco metros de circunferencia. Sus gigantescas raíces se hundían en el lodo blando con olor a putrefacción y sus copas se perdían en las alturas de los cielos, con larguísimas lianas y trepadoras que cuelgan de no se sabe dónde y se enredan en auténticos nudos gordianos pareciendo imposible que nada que no perteneciera al reino vegetal pudiera habitar allí. Pero sí lo hay. Es el reino animal que, aunque muchas veces no ves, sí escuchas o te sientes observado." La expedición se desarrolló y se llevó a cabo totalmente, encontrándose el trazado geográfico adecuado y dando la posibilidad a las autoridades de unir por vía terrestre los ríos Ucayali y Huallaga con la red de carreteras, tal como aparece en los mapas. Su realización solo esta iniciada. No todo está descubierto, cartografiado y localizado. Todavía quedan lugares donde los satélites no llegan y donde no sabemos lo que hay, y las selvas del Ucayali son partes de esos lugares. Tierra incógnita o vacíos geográficos. En todo mapa la zona selvática se rellena del color del territorio que los rodea. En pleno siglo XXI, en la zona Amazónica quedan muchos ríos de los cuales todavía se desconocen sus fuentes y territorios inexplorados. Almas de misioneros. Espíritus de apóstoles. Hombres por extremo pobres, relevados a un paraje solitario, a distancia inmensa de todo centro social, entre seres desvalidos y más pobres que ellos, quienes les recibirán con ternura y abrazo. Y estos hombres de Dios se declaran felices, no pueden contener el gozo y se ven forzados a ponerlo de manifiesto. Quisiera detenerme a ponderar, decía un misionero, la gran alegría que ocupó todos los vacíos de mi corazón en esta circunstancia; más solo me contentaré con decir que hasta entonces ninguna cosa de este mundo me había llenado jamás de igual satisfacción, ni creo podrá llenarme en adelante por mucho que sobreviva.
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