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Cuento

En el río un DELFÍN plateado estaba absorto y asombrado por el vuelo de las aves. Le gustaba asomarse a la superficie del agua y ver cómo la Garza se trasladaba por el espacio ál agitar sus alas. Le encantaba observar sus movimientos y pensaba que éstos; le permitían alcanzar grandes velocidades.

Había entendido el mecanismo del vuelo, y quería volar.

El mismo día una GARZA, brillante en su blancura, estaba absorta y asombrada por el nado de los peces. Le gustaba volar por encima y a lo largo del río, para ver cómo el Delfín plateado, al mover su cola, saltaba y se trasladaba en el agua profunda y fresca.

Le encantaba analizar la forma en que el Delfín se quedaba flotando: moviéndose sin esfuerzo y como en un instante cambiaba su posición.

Había entendido el mecanismo del nado y quería nadar.

Un día de sol la Garza le habló al Del fín:

- Si tú me enseñas a nadar, yo te enseñaré a volar. Y el Delfín le contestó con una sonrisa:

- Trato hecho.

A partir de ese momento se hicieron amigos.

El Delfín le explicó a la Garza todos los secretos de la natación y le enseñó a doblar las alas y moverse de tal manera que le permitiera penetrar en el agua y trasladarse por ella.

La Garza, a su vez, enseñó al Delfín cómo adquirir suficiente impulso en un movimiento ascendente desde la profundidad del río. Le explicó que este impulso le haría salir del agua y que, una vez en el espacio, tendría que mover la cola y así podría volar.

Tras un aprendizaje lento y paciente, no exento de riesgo, llegó el momento de la prueba final.

La Garza, ansiosa, le dijo al Delfín:

-Estás preparado para volar, ahora debes intentarlo.

Y el Delfín, preocupado, replicó:

-Tú también lo estás, si así lo quieres puedes nadar.
Los dos se prepararon, respiraron hondo, y después de un momento de duda, se atrevieron.

Alguien, desde el malecón del río, tuvo una visión fantástica: vio volar a un Delfín y nadar a una Garza.

Cuando se volvieron a encontrar, los dos notaron que cada uno tenía un brillo especial en los ojos, era el reflejo de un estado profundo y sereno.

El Delfín miró a la Garza y le dijo:

-Cuando volaba hice un descubrimiento: SENTÍ QUE TE PODÍA CONOCER COMO NUNCA ANTES ME IMAGINÉ. VIVÍ MI VUELO SIENDO TÚ Y SIENDO YO.

La Garza, sonrojada, le contestó:

-Yo sentí lo mismo.

-El Delfín, frunciendo el entrecejo, miró una rama que flotaba en el río, parecía querer decir algo muy difícil o penoso, la Garza le espetó:

-¡Dilo de una vez!

-Pues también descubrí otra cosa: supe que mi nado no era diferente de tu vuelo, sentí que antes nadaba como un autómata y que me había olvidado que nadar es también bello, además... El Delfín no se atrevía a terminar, miraba en una dirección y después en la otra evitando enfrentarse con la vista de la Garza; ésta estaba pensativa. Por fin el Delfín prosiguió:

-Además entendí la razón del olvido, solo veía tu vuelo y quería ser como tú, pensaba que lo mío no podía ser tan hermoso como lo tuyo... ahora sé que ambas cosas lo son.

La Garza sonreía, se acercó al Delfín y abrazándolo le confió:

-Los dos hemos aprendido lo mismo, nada a partir de este momento será igual... mi vuelo será lo más maravilloso y tu nado también, TU ESTARÁS EN MI Y YO EN TI, pero los dos seremos lo que somos y nada será mejor ni nos podrá enseñar más.

Cuenta quien lo vio que a partir de ese día algo extraño sucedía cerca del río... un Delfín plateado estaba aprendiendo a NADAR y una Garza brillante en su blancura, a VOLAR.

José Pascual Torró
Orellana, 12 de agosto de 2003