El cuidado de la 'casa común'  

El cuidado de la Tierra en nuestro Vicariato de Requena

La encíclica del papa Francisco “Laudato si” tiene un fuerte impacto en nuestra selva amazónica del Perú, ya que somos tierra y la tierra es de todos, don de Dios para disfrute de todos los que vivimos en el planeta tierra.

El Papa comienza haciendo un examen de lo que está pasando a nuestra casa común (nº 17-61). El calentamiento de toda la tierra ha llegado a niveles preocupantes, cada vez el calor es más sofocante perjudicando a los seres humanos, a los animales y a las  plantas. Existe, en nuestra selva, la tala indiscriminada de árboles dejando en deforestación a nuestros bosques; la contaminación de las aguas es muy grande, parte de las basuras y de las aguas fecales se derraman en los ríos; existe una gran acumulación de basuras y, sobre todo, los ciudadanos la botan donde les viene en gana; hay quienes  pescan utilizando veneno con lo cual muchos peces mueren y quedan infectados, peligrando la salud de quienes consumen esos peces; no existe “agua y desagüe” en la mayoría de las poblaciones de la selva. Estos son algunos de los problemas que afectan a la casa común en nuestro Vicariato, problemas que han señalado las distintas comunidades, ya que estamos elaborado el Proyecto Pastoral del Vicariato de Requena, y justamente este año estamos trabajando la dimensión ecológica.

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Todas las comunidades señalan también la importancia del tema y la necesidad de una educación en el medio ambiente, como bien dice el papa Francisco: “la tierra no es un bien económico, sino un don de Dios y de los antepasados, un espacio sagrado con el cual necesitan interactuar para sostener su identidad y sus valores” (nº 146). Se trata de luchar por la vida, es decir, de vivir en condiciones que permitan vidas saludables y con un estilo de vida que nos lleve a una “conversión ecológica”, una verdadera revolución que nos compromete a cuidar nuestra madre tierra, esto implica necesariamente educarnos en una nueva actitud ética de responsabilidad colectiva.

Ciertamente que en esta responsabilidad colectiva, los mandatarios y los políticos, tienen una mayor responsabilidad de “hacer leyes que defiendan la madre tierra” donde la vida, nuestra vida, queda protegida y podamos vivir en paz y más felices, respetando y cuidando la Tierra.

Nos hemos alejado de la madre tierra, porque lo que estamos haciendo es explotarla y desgastarla, amenaza que va contra nosotros mismos. Tendríamos que aprender de la madre tierra; ella es generosa con nosotros, nos regala tantas y tantas cosas, de ahí, el respeto y el cuidado que se merece, más aún, cuando ese respeto y cuidado repercutirá positivamente en nuestra forma de vivir y relacionarnos.

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El papa Francisco, en su encíclica, nos lanza un desafío: ¿cómo cambiar este infierno en un cielo? ¿Podemos pensar en alternativas que involucran a todos en el lugar en que vivimos? ¿Qué clase de mundo estamos dejando para nuestros hijos e hijas?

Si no empezamos ya a respetar y cuidar la tierra, se producirá una verdadera catástrofe. Todo depende de lo que hagamos ahora mismo. Empecemos ya y tomemos medidas. Estamos a tiempo. Somos responsables de la vida y de la muerte de nuestro planeta tierra. Todos tenemos que pensar, afirma el papa Francisco, “en un solo mundo y en proyecto común” (nº 164). La Iglesia no puede vivir al margen de esta realidad, estamos llamados a defender la vida, a responder con audacia a este gran desafío que nos viene de lo que estamos haciendo con la Tierra.

Hno.José Luis Coll

San Francisco de Asís: una manera diferente de relacionarse con la naturaleza

El tipo de progreso de nuestras sociedades post‑industriales, basado en el consumismo y en el aumento rápido de beneficios, ha llevado a un grave desequilibrio ecológico en todos los sentidos: consumo excesivo de materias primas no renovables, contaminación sonora, visual y atmosférica; desaparición de especies... Por no hablar de los profundos desequilibrios sociales y económicos que todo esto lleva a cabo: riqueza del Norte y aparición en esa área de un cuarto mundo de pobreza, despojo y miseria del Sur, emigraciones forzosas...

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Ante todo esto pueden surgir dos preguntas desde nuestra conciencia cristiana:

-¿El hombre no puede tener otro tipo de relación con su entorno natural que no esté basado en el despojo?

-¿La tradición cristiana puede aportar algo sobre este punto?

Existe en nuestra tradición cristiana un buen ejemplo de comportamiento respetuoso con la Creación en la persona de Francisco de Asís; no es el único ejemplo, pero sí el más chocante por su originalidad.

Todos los relatos más antiguos sobre san Francisco coinciden en afirmar su “reconciliación universal con cada una de las criaturas”. Su primer biógrafo, Tomás de Celano, atestigua cuatro años después de su muerte: “¿Quién podrá explicar la alegría que provocaba en su espíritu la belleza de las flores?, al contemplar la galanura de sus formas y aspirar la fragancia de sus aromas... al encontrarse en presencia de muchas flores, les predicaba, invitándolas a loar al Señor, como si gozaran del don de la razón. Y lo mismo hacía con las mieses y las viñas, con las piedras y las selvas, y con todo lo bello de los campos, las aguas de las fuentes, la frondosidad de los huertos, la tierra y el fuego, el aire y el viento, invitándoles con ingenua pureza al amor divino y a una gustosa fidelidad. En fin, a todas las criaturas las llamaba hermanas, como quien había llegado a la gloriosa libertad de los hijos de Dios, y con la agudeza de su corazón penetraba, de modo eminente y desconocido a los demás, los secretos de las criaturas”.

Se trasluce en Francisco otro modo de estar en el mundo, ya no sobre las cosas, sino con ellas, sintiéndose hermano y hermana en la casa común regalada por el Padre. Por ello para Francisco las cosas no están al alcance de la mano posesiva del hombre, son animadas y personalizadas; existen lazos fraternos con ellas. Por la realidad de ser hermanas e hijas del mismo Padre, las cosas no pueden ser violadas, sino respetadas. San Francisco las utilizaba para vivir, pero no destruyéndolas. De hecho, él mandaba a los hermanos que cuando cortasen árboles no lo hicieran de raíz para que pudiesen volver a brotar, y en los huertos de los hermanos mandaba que existiese un rincón para las “malas hierbas”, pues, como Francisco decía, también ellas “pregonan la hermosura del Padre de todas las cosas”. En Francisco el trato con la naturaleza está en consonancia con el respeto y el trato que se le debe al ser humano.

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La razón por la que Francisco llegó a esta simpatía con la creación fue, en primer lugar, por su alma de poeta; un poeta capaz de captar la profundidad y belleza de todas las criaturas. Este sentir poético le venía de su juventud en que compuso versos y canciones trovadorescas, en boga en su época; luego de su conversión, ya con los hermanos, se propuso que la primera fraternidad franciscana fuese un grupo de “juglares de Dios”. Pero el sentido poético no llega a explicar la profundidad del estar con las cosas como hermanos y hermanas. En la raíz de esta vivencia está la experiencia religiosa de la paternidad universal de Dios. Que Dios es Padre no era para Francisco un dogma frío al que haya que rendir el entendimiento, era más bien una experiencia afectiva profunda que implicaba una fusión cósmica del hombre con todos los elementos del universo salidos de las manos del Padre. No hay que olvidar que la paternidad de Dios es uno de los mensajes centrales de Jesucristo.

Francisco vive este mensaje de una manera horizontal: si todos somos hijos de Dios, todos somos hermanos entre nosotros. Todos vivimos en la Casa Paterna. Existe una intimidad radical con todas las cosas; no hay enemigos ni amenazas. Estamos, de esta manera, en la atmósfera del cariño entre los hermanos y las hermanas de toda la Creación. Pero esta horizontalidad de Francisco no supone ni un panteísmo ni un olvido de la transcendencia del Creador, más bien al contrario; en esta horizontalidad, en la belleza de las cosas, descubre el amor y la suma bondad de Dios. Según relata Tomás de Celano, Francisco “en una obra cualquiera canta al Artífice de todas, en las cosas hermosas reconoce al Hermosísimo, cuanto hay de bueno le grita: ¡El que nos ha hecho es el mejor!”

Esta Fraternidad universal coloca a Francisco en el mismo nivel que las criaturas, no se define por las diferencias respecto a ellas. Se define por aquello que le une. Francisco no se llamará a sí mismo animal racional, señor de la naturaleza, constituido rey sobre los seres. Más bien él se llamará hermano de todos y siervo humilde de cada criatura. Ama a la Creación, confraterniza con las criaturas y se une a ellas, formando la familia de hijos del Padre, hermanos de Jesucristo por el Espíritu. La experiencia profundamente espiritual de Francisco le lleva a intensificar el sentido del concepto de igualdad basado en la fraternidad.

Por ello, Francisco canta con todas las criaturas. No canta a través de ellas, sino con ellas. Sería egoísmo no reconocer la alabanza que éstas realizan al Señor. Por ello, Francisco canta con la cigarra o con la alondra, como cuenta Celano, o como relata san Buenaventura, cuando Francisco veía una bandada de pájaros que cantaban al Creador, también él invitaba a los hermanos a unirse a las aves y cantar y alabar a Dios.

El admirable testimonio de esta fraternidad cósmica es su “Cántico del hermano Sol”, que Francisco compone poco antes de morir, ya ciego y con fuertes dolores, y en el que con las Criaturas alaba al Creador. Es una pieza muy hermosa que relata la vivencia de la naturaleza en un cristiano.

En Francisco hemos descubierto una forma distinta de relacionarse con la naturaleza plenamente enraizada en nuestra tradición cristiana, y que si la tuviésemos más en cuenta nos podría ayudar a vislumbrar caminos para solucionar muchos de los problemas ecológicos de nuestro tiempo. Además, la propuesta de Francisco, aunque de raíces religiosas cristianas, no es propiedad de los cristianos ni de los creyentes, es un propuesta abierta a todos los hombres y mujeres de todas las culturas y creencias, pero que sienten la urgencia del problema del deterioro ecológico de nuestro mundo.

Fr. Fernando Hueso Iranzo, ofm.

Laudato si' (Nºs 216-220)

La gran riqueza de la espiritualidad cristiana, generada por veinte siglos de experiencias personales y comunitarias, ofrece un bello aporte al intento de renovar la humanidad. Quiero proponer a los cristianos algunas líneas de espiritualidad ecológica que nacen de las convicciones de nuestra fe, porque lo que el Evangelio nos enseña tiene consecuencias en nuestra forma de pensar, sentir y vivir. No se trata de hablar tanto de ideas, sino sobre todo de las motivaciones que surgen de la espiritualidad para alimentar una pasión por el cuidado del mundo. Porque no será posible comprometerse en cosas grandes sólo con doctrinas sin una mística que nos anime, sin «unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria».

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Tenemos que reconocer que no siempre los cristianos hemos recogido y desarrollado las riquezas que Dios ha dado a la Iglesia, donde la espiritualidad no está desconectada del propio cuerpo ni de la naturaleza o de las realidades de este mundo, sino que se vive con ellas y en ellas, en comunión con todo lo que nos rodea. Si «los desiertos exteriores se multiplican en el mundo porque se han extendido los desiertos interiores», la crisis ecológica es un llamado a una profunda conversión interior. Pero también tenemos que reconocer que algunos cristianos comprometidos y orantes, bajo una excusa de realismo y pragmatismo, suelen burlarse de las preocupaciones por el medio ambiente. Otros son pasivos, no se deciden a cambiar sus hábitos y se vuelven incoherentes. Les hace falta entonces una conversión ecológica, que implica dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea. Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana.

Recordemos el modelo de san Francisco de Asís, para proponer una sana relación con lo creado como una dimensión de la conversión íntegra de la persona. Esto implica también reconocer los propios errores, pecados, vicios o negligencias, y arrepentirse de corazón, cambiar desde adentro. Los Obispos australianos supieron expresar la conversión en términos de reconciliación con la creación: «Para realizar esta reconciliación debemos examinar nuestras vidas y reconocer de qué modo ofendemos a la creación de Dios con nuestras acciones y nuestra incapacidad de actuar. Debemos hacer la experiencia de una conversión, de un cambio del corazón». Sin embargo, no basta que cada uno sea mejor para resolver una situación tan compleja como la que afronta el mundo actual. Los individuos aislados pueden perder su capacidad y su libertad para superar la lógica de la razón instrumental y terminan a merced de un consumismo sin ética y sin sentido social y ambiental. A problemas sociales se responde con redes comunitarias, no con la mera suma de bienes individuales: «Las exigencias de esta tarea van a ser tan enormes, que no hay forma de satisfacerlas con las posibilidades de la iniciativa individual y de la unión de particulares formados en el individualismo. Se requerirán una reunión de fuerzas y una unidad de realización».

La conversión ecológica que se requiere para crear un dinamismo de cambio duradero es también una conversión comunitaria. Esta conversión supone diversas actitudes que se conjugan para movilizar un cuidado generoso y lleno de ternura. En primer lugar implica gratitud y gratuidad, es decir, un reconocimiento del mundo como un don recibido del amor del Padre, que provoca como consecuencia actitudes gratuitas de renuncia y gestos generosos aunque nadie los vea o los reconozca: «Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha […] y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará» (Mt 6,3-4). También implica la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal.

Para el creyente, el mundo no se contempla desde fuera sino desde dentro, reconociendo los lazos con los que el Padre nos ha unido a todos los seres. Además, haciendo crecer las capacidades peculiares que Dios le ha dado, la conversión ecológica lleva al creyente a desarrollar su creatividad y su entusiasmo, para resolver los dramas del mundo, ofreciéndose a Dios «como un sacrificio vivo, santo y agradable» (Rm 12,1). No entiende su superioridad como motivo de gloria personal o de dominio irresponsable, sino como una capacidad diferente, que a su vez le impone una grave responsabilidad que brota de su fe.

Fr. J. C. Moya ofm

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I Jornada mundial de los pobres

Publicamos un extracto del mensaje del Papa Francisco sobre la primera jornada mundial de los pobres que se celebra el día 19 de noviembre de 2017

4. No olvidemos que para los discípulos de Cristo, la pobreza es ante todo vocación para seguir a Jesús pobre. Es un caminar detrás de él y con él, un camino que lleva a la felicidad del reino de los cielos (cf. Mt 5,3; Lc 6,20). La pobreza significa un corazón humilde que sabe aceptar la propia condición de criatura limitada y pecadora para superar la tentación de omnipotencia, que nos engaña haciendo que nos creamos inmortales. La pobreza es una actitud del corazón que nos impide considerar el dinero, la carrera, el lujo como objetivo de vida y condición para la felicidad. Es la pobreza, más bien, la que crea las condiciones para que nos hagamos cargo libremente de nuestras responsabilidades personales y sociales, a pesar de nuestras limitaciones, confiando en la cercanía de Dios y sostenidos por su gracia. La pobreza, así entendida, es la medida que permite valorar el uso adecuado de los bienes materiales, y también vivir los vínculos y los afectos de modo generoso y desprendido (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 25-45).

Sigamos, pues, el ejemplo de san Francisco, testigo de la auténtica pobreza. Él, precisamente porque mantuvo los ojos fijos en Cristo, fue capaz de reconocerlo y servirlo en los pobres. Si deseamos ofrecer nuestra aportación efectiva al cambio de la historia, generando un desarrollo real, es necesario que escuchemos el grito de los pobres y nos comprometamos a sacarlos de su situación de marginación. Al mismo tiempo, a los pobres que viven en nuestras ciudades y en nuestras comunidades les recuerdo que no pierdan el sentido de la pobreza evangélica que llevan impresa en su vida.

5. Conocemos la gran dificultad que surge en el mundo contemporáneo para identificar de forma clara la pobreza. Sin embargo, nos desafía todos los días con sus muchas caras marcadas por el dolor, la marginación, la opresión, la violencia, la tortura y el encarcelamiento, la guerra, la privación de la libertad y de la dignidad, por la ignorancia y el analfabetismo, por la emergencia sanitaria y la falta de trabajo, el tráfico de personas y la esclavitud, el exilio y la miseria, y por la migración forzada. La pobreza tiene el rostro de mujeres, hombres y niños explotados por viles intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y el dinero. Qué lista inacabable y cruel nos resulta cuando consideramos la pobreza como fruto de la injusticia social, la miseria moral, la codicia de unos pocos y la indiferencia generalizada...

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6. Al final del Jubileo de la Misericordia quise ofrecer a la Iglesia la Jornada Mundial de los Pobres, para que en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez más y mejor en signo concreto del amor de Cristo por los últimos y los más necesitados. Quisiera que, a las demás Jornadas mundiales establecidas por mis predecesores, que son ya una tradición en la vida de nuestras comunidades, se añada esta, que aporta un elemento delicadamente evangélico y que completa a todas en su conjunto, es decir, la predilección de Jesús por los pobres.

Invito a toda la Iglesia y a los hombres y mujeres de buena voluntad a mantener, en esta jornada, la mirada fija en quienes tienden sus manos clamando ayuda y pidiendo nuestra solidaridad. Son nuestros hermanos y hermanas, creados y amados por el Padre celestial. Esta Jornada tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro. Al mismo tiempo, la invitación está dirigida a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad.