Publicaciones > Revista nº 21

Para reflexionar

Desperté en el llano de un bosque. Estaba solo conmigo mismo envuelto del cielo, los árboles que me protegían y la tierra que me daba su calor reconfortante.

Esta dulce sensación de nacer fue bruscamente arrebatada por el ruido de unos disparos y algarabía que sentí en un principio a lo lejos pero notaba como poco a poco se acercaba.

Me levanté, di unos pasos y caí. Tenía el miedo en el cuerpo y rápidamente mi instinto hizo que reptara, volviera a tener valor y me alzara para correr. De repente, observé que de mis pezuñas salían unos dedos blancos y una mano humana, mis patas se alargaron y me pidieron caminar. Todo mi cuerpo había sufrido una transformación: era un humano indefenso y desnudo.

Continué escuchando ese bullicio cercano, me encogí como un ovillo en un árbol y esperé. No podía pensar. Sentí una mano en mi hombro y unas caras extrañas se acercaron, me hablaban y me recogieron, me cubrieron y me llevaron a un pueblo.

Todo era tan confuso.

Me vistieron y dieron de comer, y me hablaban, hablaban. Entendía perfectamente lo que me decían. Yo tenía sueño, mucho sueño.

Cuando desperté pedí salir de esas cuatro paredes, respirar y observar el mundo que se me abría a mis ojos.

El ruido era infernal en la calle, ensordecedor y envolvente que no dejaba tranquilos ni los pensamientos más íntimos: vehículos, gritos, ladridos, música…todo era un griterío. La gente te observaba porque era nuevo, te saludaban, te seguían con la mirada, te escudriñaban y entonces me sentí más desnudo que nunca.

Llegué a un mercado, más ruido, más tráfico, más bulla. Seguí caminando y mis pasos me llevaron hasta un río, un gran río. En la orilla había una barcaza y en ella un pequeño que contemplaba el agua. Me acerqué al niño. Su cara estaba surcada de barro y trabajo.

-Tan chico y tan bregado- pensé.

-¿Qué ocultan tus pensamientos?- me atreví a preguntar.

-Nada, simplemente mucha tristeza- llegó a responder en un hilillo de voz suave.

Me abatió un sentimiento de congoja.- ¿Por qué?

-Desde que tengo dos años vengo aquí con mi abuelo a observar el río. Me ha contado tantas historias de abundancia y escasez…pero todas producidas por el devenir de su corriente. Poco a poco, el hombre se ha inmiscuido en su vida y ha ido cambiando su fisonomía. Pero estos cambios han sido exiguos porque la rabia del río ha marcado su carácter. De un tiempo a esta parte el río ha dejado de determinar su vida.

¿Ve aquellas máquinas a lo lejos? Lo están sangrando, están hiriendo su alma.

Inundaciones

El patio de la casa de las hermanas quedó inundado durante mucho tiempo.

Me entró una angustia que hizo que unas lágrimas me saltaran por las mejillas. Ese muchacho estaba resumiendo lo que había observado en el pueblo. El hombre en su progreso se había dejado llevar por lo superfluo y estaba vistiendo su vida con elementos que nada tienen que ver con lo humano. Esa ropa disfrazaba las miserias que se revelaban a su alrededor.

-Yo no quiero participar en este suicidio, reflexioné.

Deshice el camino hecho. Llegué al claro donde "nací" como hombre. Me desnudé y alcé los ojos al cielo, cavé con las manos, me acurruqué y con la tierra me cubrí el cuerpo hasta que sentí otra vez ese calor que te da la tierra. Me quedé quieto, solo y en silencio. Volví a convertirme en un elemento natural.

Fàtima Castelló Barea