Publicaciones > Revista nº 12

Ángel García junto a un nativo ashanica, durante su estancia en Mazamari

Fruto de este trabajo con los niños fue la recopilación de leyendas. Tuvo la feliz idea de pedirles que escribiesen lo que sus padres y abuelos les contaban en las conversaciones familiares. Cada cual pertenecía a una tribu o comunidad diversa, con su propia interpretación de la realidad. De este modo pudo hacerse con un material de primera mano para entenderles a ellos y a las gentes de aquella zona del Perú.

Y este es nuestro Ángel en la selva de Mazamari: observador, respetuoso, receptivo, abierto, alegre, cercano. Cuántas cosas le llamaban la atención, le resultaban paradójicas cuando no grotescas y, antes de enjuiciarlas, las estudiaba y consultaba con quienes verdaderamente sabían del tema, para de este modo, poderlas comprender. Metodología esta propia de aquellos primeros misioneros franciscanos llegados a tierras de América que, a base de atenta observación, lograron aprender el idioma de los autóctonos y les permitió elaborar gramáticas y diccionarios.

Si aquellos misioneros llevaban sus plumas y sus cuadernos donde poder anotar los sonidos para identificarlos con la realidad a la que se referían los indígenas, Ángel llevaba su grabadora y la ponía a funcionar, pidiendo permiso previamente, con el fin de recabar información y después poderla estudiar y disfrutar. La grabadora y él constituían una simbiosis perfecta en el conocimiento del terreno y de las personas.

Si la convivencia con los niños era diaria, no lo era menos con las hermanas que atienden la Aldea y Joaquín Ferrer, franciscano que ha levantado todo aquel complejo. Las conversaciones alrededor de la mesa, los muchos momentos compartidos unos y otros hizo que se generase un clima de confianza muy grande, hasta el punto de que ambos, Ángel y Amparo, ya no se han vuelto a entender a sí mismos sin la referencia a Mazamari. La misión se les metió tan dentro que se sentían parte integrante de aquel proyecto de vida.

Tan a fuego se les quedó grabada esta experiencia que, después de algunos años, cuando la revista le ha pedido a Ángel que escribiese sobre el Perú, ha ofrecido artículos que no tienen desperdicio, y que nos han situado de una manera privilegiada en algunas problemáticas o realidades realmente insólitas para nosotros. Baste citar algunas de ellas: “el chamanismo” (nº 3), “agricultor ¿café o coca?” (nº 4), “el tunchi” (nº 5), “animales ¿peligrosos? de la selva” (nº 6), “Sofía, “la abuelita” (nº 7), “los madereros” (nº 8).

Este fue Ángel en la selva: un hombre íntegro y entregado, generoso y alegre, confiado y afectuoso, reflexivo y sereno, cristiano y franciscano, querido y reconocido.

Valga este escrito como reconocimiento a su persona por la labor desarrollada en la revista. Él nos ha acercado en esta sección a las diversas realidades del Perú. Nosotros hemos querido rendirle este homenaje acercando a nuestros lectores a su persona, pues consideramos que nos aproxima a la selva peruana. Él vivió junto a su mujer aquel año con mucha intensidad y formó parte de Mazamari. Éste, contando con las muchas lagunas del que escribe, es Ángel, un integrante más de la selva.

Todos nos alegramos de haberte conocido, de haber compartido contigo tanto bueno, y de haber disfrutado leyéndote. Dios te lo paga. Acuérdate de nosotros ante Él. Hasta la vista, Ángel.

Juan Carlos