Publicaciones > Revista nº 12

EXPERIENCIA DE RITA Y PACO

Somos Rita y Paco, matrimonio de Canals. Desde hacía ya algún tiempo colaborábamos con Hesed y comenzamos a barajar la posibilidad de viajar a Perú como voluntarios.

Las Navidades pasadas, tomamos en serio la idea y lo que parecía un proyecto lejano ha llegado volando, junto con cursillos y preparativos para tan ansiado viaje.

Durante el mes que estuvimos allí hemos visitados distintos lugares de misión franciscana: Requena, Jenaro Herrera, Mazamari y Puerto Ocopa. Son lugares muy diferentes entre ellos, pero que, igualmente nos han calado en el corazón.

Comenzamos en Requena. La labor que allí desempeñamos fue la de impartir clases de música y matemáticas respectivamente a los profesores de secundaria. El caluroso y húmedo clima y el castellano irreconocible dificultaron el trabajo al principio.

Los profesores de Requena acudían a estas clases por las tardes tras completar su jornada laboral. Muchos de ellos, todavía iban después a la misa diaria y los cursos y reuniones de la parroquia.

Pese a llevar este horario, nos maravilló el esfuerzo, atención y ganas con que se implicaron en las clases. Además rápidamente los "alumnos" se convirtieron en amigos, lo que llenó las clases de buenos momentos, que también continuaron fuera de ellas. Gracias por todos ellos.

Junto con los profesores, conocimos varios chicos y chicas a través de la parroquia y del Hermano Juan con los que pasamos mucho tiempo mientras estuvimos en Requena. Enseguida, sentimos unos fuertes lazos de cariño y amistad con ellos, no existió ese "hielo que romper" en el trato, desde el primer momento la relación fue cálida y cercana (Tatiana, Gloria, Karina, Katia, Valeri…) siempre sonriendo. Gracias por vuestra amistad.

Rita da una clase de música en Requena

El Hermano Juan estuvo pendiente en todo momento de cualquier detalle, de que nos sintiéramos como en casa y siempre disponible a pesar de la cantidad de trabajo y las mil cosas que lleva cada día adelante. Al igual que el Hermano Juan el resto de misioneros, las hermanas franciscanas, la Sra. Enit, responsable de Cáritas, y gran cantidad de personas implicadas en la misión. Gracias por la oportunidad y por tantos detalles.

Habíamos salido de España sólo con las cosas que creíamos indispensable y aún fueron muchas menos las que resultaron necesarias. Tras doce días en Requena, que nos parecían una vida, y con una enorme pena, por la incertidumbre de un posible regreso, partimos hacia Jenaro Herrera donde nos esperaban el Hermano Antonio y las acogedoras e infatigables Hermanas Inés y Mariana. Agradecemos muchísimo su alegría y hospitalidad.
Jenaro es un pueblo mucho más pequeño donde, aunque parecía no haber concepto de tiempo, a nosotros nos pasó volando. Allí, además de impartir algunas clases se pudieron arreglar varios ordenadores que llevaban estropeados cuatro años. En todo ese tiempo los niños de la escuela no habían podido recibir clases de informática. Además Rider, un chico ayudante en la escuela, aprendió a restaurar la información por si volvían a fallar.

Desde allí comenzamos el largo trayecto, en todos los medios de transporte posibles, hasta llegar a la selva alta de Perú donde se encuentran Mazamari y Puerto Ocopa. Poco a poco, el grupo de voluntarios que habíamos salido de España nos hemos ido convirtiendo más que en amigos, en familia. La convivencia, el compartir tantas experiencias, y el cariño que nos unió desde el principio, han sido gran parte de lo enriquecedor de este viaje. Muchísimas gracias a Teresa, por poner tanto esfuerzo y cariño en todo lo de todos y junto con Joan, Juanjo, Esther, Andrea, por la alegría y amistad.

En Mazamari, pudimos conocer la Aldea del Niño y lo mucho que ha hecho allí el Padre Joaquín Ferrer. Coincidió que llegábamos en el aniversario de la aldea y pasamos momentos muy divertidos con los niños, trabajando en las manualidades para los eventos. Gracias al Padre Joaquín y a las hermanas por acogernos en estos días.

Una mañana fuimos a conocer Puerto Ocopa, pequeño pueblo a dos horas de Mazamari donde se encuentra un orfanato con ochenta y cinco niños que llevan cinco dulcísimas hermanas franciscanas, algunas de ellas de bastante edad, junto con el Hermano Teodorico Castillo de ochenta y cinco años y Gabriel, un joven laico sevillano que un día fue a echar una mano y no tiene billete de vuelta. Nosotros pensábamos que Requena nos marcaba tanto por ser bastantes los días pasados allí, pero no hemos dejado de recordar Puerto Ocopa ni un solo día, habiendo pasado allí apenas unas horas. La labor que están realizando los hermanos y Gabriel, ayudado por su familia desde España, es increíble y nos sentimos muy afortunados y agradecidos de haber podido conocerles.

Paco recibiendo un obsequio en su visita a Puerto Ocopa

Quizá para nosotros lo más duro del viaje fue el regreso, aparte de la tristeza de dejar allí la gente y por lo rápido que pasa todo, porque fue al llegar a casa, cuando percibimos más claramente la realidad y los contrastes. Hacernos al día a día en la selva nos resultó sencillo, en cambio, volver a casa nos obligó a cuestionarnos muchas más cosas que las que nos habían surgido allí. Empezamos a acusar excesos y carencias en muchos aspectos de nuestro estilo de vida, frente al suyo y viceversa. Son detalles que no queremos olvidar, para no volver a acostumbrarnos a ciertas cosas ni a la indiferencia con la que hasta ahora las hemos tratado.

El pensar en volver en cuanto nos sea posible, alivia lo duro del regreso. Mientras tanto, lo vivido y las personas que encontramos en este viaje nos acompañan cada día en nuestras oraciones.