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Este número se tiñe de luto ante la pérdida de uno de los fundadores de la ONGD HESED-PERÚ y colaborador habitual de nuestra revista. Ángel García Casado nos ha dejado definitivamente. La madrugada del día 26 de septiembre su corazón dejaba de latir y así, dejaba un montón de proyectos en el aire, y lo más importante, huérfanas a muchas personas, principalmente a su mujer Amparo y a sus hijos y nietos.
El día 22 de septiembre el equipo de redacción de esta revista se reunía para revisar el último número publicado y para programar el siguiente. Allí estaba Ángel, puntual como siempre, y con la broma siempre a punto. Él mismo nos comentaba su cansancio al caminar y todos sabíamos de sus problemas de corazón, agravados hace unos meses. Pero nadie podía pensar que su situación fuese tan extrema para, al cabo de escasos cuatro días, tenernos que dejar de esta manera tan repentina.
Desde esta revista, concretamente desde este espacio que dedicamos a la editorial, queremos expresar nuestro dolor más profundo a todos sus familiares y amigos, y también queremos proclamar con fuerza un GRACIAS muy grande a su persona.
Es mucho lo que tenemos que agradecer a Ángel. Más allá de los trabajos que ha realizado en Hesed-Perú, de los que ahora daremos cuenta, lo primero que cabe decir en este sentido es que ha sido una gran suerte poderle conocer y compartir con él muchos y muy intensos momentos en los que ha habido de todo, como no podía ser de otro modo. Su carácter extrovertido y dicharachero le hacía ganarse de inmediato a la gente y entablar con unos y otros unas relaciones sencillas. La broma sana y el chiste ingenioso siempre estaban en su boca. Todos disfrutábamos muchísimo siendo como era. Y, si esta dimensión de su persona ha sido así, también hemos conocido a un Ángel que defendía con fuerza lo que pensaba. Firme en sus convicciones, no daba el brazo a torcer a la primera de cambio, al contrario, su bendita terquedad le hacía pelear con quien fuese aquello que para él era irrenunciable tener en consideración. Es verdad que esto le valió no pocas discusiones, pero no es menos cierto que siendo así, se ganó nuestro respeto.
Algunos tuvimos la oportunidad de conocerle cuando él y su mujer se estaban planteando marchar al Perú por un año. De entonces a ahora han pasado unos cuantos años, y en todo este tiempo reconocemos a Ángel y Amparo como personas entusiastas por las misiones, por los franciscanos y por la ONGD HESED-PERÚ. Quienes hemos asistido a algunas de sus charlas-testimonio sobre su experiencia en Mazamari (Perú) sabemos que esto es así. Ambos, llenos de energía, transmitían toda la vida que allí habían recibido y reconocían en algún momento ese año como el mejor de sus vidas. Su labor en el terreno de la sensibilización ha sido muy importante. También estuvieron los dos en la fundación de HESED-PERÚ en el año 2004 junto a un numeroso grupo de amigos. Ángel fue elegido miembro de la junta directiva de la ONGD y en ella permaneció hasta que, por motivos personales, decidió dejarlo. Por último, su colaboración en la revista ha sido decisiva: desde el primer número hasta el último publicado, en todos ha participado de una manera importante, acercándonos con su narrativa fácil y emotiva a la realidad del Perú y ofreciéndonos una parte de la antropología cultural de este mismo país a través de las leyendas amazónicas, trabajo realizado por los niños de la “Aldea del Niño, Beato Junípero Serra” de Mazamari, que él se encargó de coordinar y recopilar.
Finalmente, no podemos dejar de citar su condición de persona creyente. Quienes nos confesamos cristianos católicos sentimos que Ángel, habiendo muerto, ha resucitado y permanece con nosotros de un modo distinto al que hasta ahora lo ha hecho. Vive, porque tanta generosidad y amor derramados por él no se pueden abocar a la nada, y porque participamos de la esperanza que nos trae la palabra del mismo Jesús, quien dijo a Marta a raíz de la muerte de su hermano Lázaro: “yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que esté vivo y crea en mí, jamás morirá” (Jn 11,25-26). Esa es nuestra esperanza, esa es la esperanza de Ángel y su destino final: el amor eterno del Buen Padre Dios.
